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  • Noviembre 2018Nº 506

Evolución

El último hominino

¿Por qué nuestra especie es la única que ha sobrevivido de la estirpe humana?

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Los primeros Homo sapiens habitaron un mundo que hoy nos parecería tremendamente extraño. No por la exótica fauna y flora ni porque el clima o el nivel del mar fuesen distintos, que por supuesto lo eran, sino porque con ellos convivían otros congéneres. En efecto, los H. sapiens hemos compartido la mayor parte de nuestra existencia con varias especies humanas. En África, donde se originó nuestra especie, también deambulaba Homo heidelbergensis, muy encefalizado, y Homo naledi, con un menor tamaño cerebral. Asia era el hogar de Homo erectus, de los misteriosos denisovanos y, posteriormente, de Homo floresiensis, una criatura semejante a un hobbit, de talla diminuta pero con unos pies enormes. Por su parte, los robustos y cejudos neandertales dominaban Europa y Asia occidental. Y probablemente hubiese otras especies que todavía no se han descubierto.

Hace unos 40.000 años, por lo que sabemos hoy en día, nuestra especie se quedó sola, convirtiéndose en el último miembro de la antaño heterogénea familia de primates bípedos, denominados colectivamente homininos. (En este artículo, los términos humano y hominino hacen referencia tanto a H. sapiens como a los demás parientes extintos.) ¿Por qué somos la última especie humana sobre la faz de la Tierra?

Hasta hace unos años, prevalecía una explicación sencilla: H. sapiens habría aparecido en época relativamente reciente, más o menos en su forma actual y en un solo lugar de África, y desde allí se dispersó por todo el Viejo Mundo, suplantando a los neandertales y a los demás humanos primigenios que encontraron en el camino. Las especies no confraternizaron, sino que la vieja guardia se vio reemplazada en su totalidad por los recién llegados, que eran más inteligentes y cuyo auge era inevitable.

Sin embargo, a la luz de los descubrimientos arqueológicos y paleontológicos, así como de los análisis genómicos, cada vez se cuestiona más esa hipótesis. Parece que nuestra especie se originó mucho antes de lo que se creía, posiblemente en varios puntos del continente africano, no en una sola región, y que algunos de sus rasgos distintivos (incluidos los cerebrales) evolucionaron poco a poco. Además, se ha hecho evidente que H. sapiens sí se relacionó con las demás especies humanas y que la hibridación con ellas pudo haber representado un factor crucial de su éxito. En conjunto, estos hallazgos configuran una historia mucho más compleja de lo que habíamos imaginado, una historia sobre el triunfo de nuestra especie en la que prima el puro azar por encima del destino.

Teoría amenazada
Tradicionalmente, el debate sobre el origen de H. sapiens se ha centrado en dos modelos opuestos. Por un lado, la hipótesis del origen africano reciente, abanderada por el paleoantropólogo Christopher Stringer y otros, defiende que nuestra especie apareció en África oriental o meridional hace unos 200.000 años y, debido a su superioridad intrínseca, fue sustituyendo a los demás homininos arcaicos de todo el planeta, sin cruzarse con ellos en grado significativo. Por otro lado, el modelo de la evolución multirregional, formulado por los paleoantropólogos Milford Wolpoff, Xinzhi Wu y el fallecido Alan Thorne, postula que los H.sapiens modernos descendemos de los neandertales y otras poblaciones arcaicas arraigadas por todo el Viejo Mundo, con las que se hallaban conectadas a través de migraciones y apareamientos. Según esta hipótesis, las raíces de H. sapiens serían mucho más profundas y se remontarían a hace al menos dos millones de años.

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