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  • Noviembre 2018Nº 506

Desarrollo humano

Homo infans

Las ventajas de crecer y madurar despacio.

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A todos nos asombra ver lo indefensos y desvalidos que nacen los bebés humanos en comparación con las crías de otros mamíferos. Si, además, reparamos en el hecho de que Homo sapiens es una de las especies con mayor éxito evolutivo, esta característica puede llegar a extrañarnos aún más. La sorpresa es mayúscula cuando observamos el nacimiento y las primeras horas y días de un chimpancé, uno de nuestros parientes evolutivos vivos más cercanos: sus crías enseguida pueden sostener la cabeza y su frágil cuerpo e incluso agarrarse al pelo de la madre para ser amamantadas y transportadas. El bebé humano, por el contrario, solo es capaz de emitir un suave balbuceo y un llanto ruidoso para pedir alimento o reclamar la cercanía y el calor de su madre. En esto consiste nuestra lucha por la supervivencia en los primeros días de vida.

Al mismo tiempo, la fisiología del recién nacido ha de hacer frente a todo tipo de ajustes metabólicos. Fuera del cómodo útero materno hemos de adaptarnos de forma semiautónoma a nuevas exigencias, como mantener estable nuestra temperatura corporal, respirar, abrir los ojos y oídos a nuevos estímulos, aprender a succionar del pecho de nuestra madre como forma de alimentación, etcétera. A ello se suma el gran tamaño del cerebro humano al nacer, lo que supone un enorme desafío para la maquinaria fisiológica. El cuerpo y el encéfalo deben seguir creciendo a una velocidad similar a la que lo hacían en el útero materno (un fenómeno conocido como gestación extrauterina, o exterogestación), pero dedicando una buena parte del presupuesto energético a realizar las funciones vitales sin la ayuda de la madre y de su magnífico cordón umbilical.

Todas estas características que describen al ser humano recién nacido constituyen lo que, científicamente, se ha denominado altricialidad secundaria. En general, y según su grado de maduración al nacer, las especies pueden clasificarse en precociales y altriciales. Las primeras exhiben desde el principio algunas capacidades cognitivas y neuromotoras básicas, mientras que las segundas no. Sin embargo, Homo sapiens es especialmente poco precoz en su desarrollo, razón por la que nuestra altricialidad ha sido calificada de «secundaria». Los humanos necesitamos durante más años que ninguna otra especie el cuidado, el contacto y la protección de nuestros cuidadores para llegar a convertirnos en individuos adultos.

No obstante, y aunque a primera vista pueda parecer paradójico, es en esa vulnerabilidad extrema y en ese largo período de maduración donde se encuentran varias de las claves de nuestro éxito como especie. Tales ventajas incluyen el desarrollo de un cerebro voluminoso, su enorme plasticidad y complejidad cognitiva, así como el fomento de algunas de las dinámicas cooperativas tan características de nuestra especie.

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