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  • Noviembre 2018Nº 506

Lenguaje

Hablar a través del tiempo

Lo que hace inequívocamente humano al lenguaje.

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Los delfines se nombran unos a otros, y chasquean y silban sobre sus vidas o sobre el peligro que entrañan los tiburones o las personas. También se transmiten de madres a crías útiles fragmentos de conocimiento: cómo se caza, cómo se huye. Sin embargo, si tuvieran un lenguaje tal y como lo tenemos nosotros, añadirían esos fragmentos informativos a un amplio repertorio de conocimientos sobre el mundo. En varias generaciones desarrollarían formas inteligentes de proceder, conocimientos complejos y técnicas basadas en varios componentes. Los delfines tendrían una historia, y con ella aprenderían sobre los viajes y las ideas de distintos grupos de delfines, y un individuo podría heredar un fragmento de lenguaje, un poema quizá, de otro de cientos de años antes. A ese delfín le habría afectado, a través del lenguaje, la sabiduría de otro, desaparecido haría ya mucho.

Solo las personas viajan así por el tiempo, al igual que solo ellas llegan a la estratosfera o se hacen preguntas como esta: ¿por qué el lenguaje es exclusivo de los seres humanos? No hemos encontrado una buena respuesta. Pero ahora abordan la cuestión neurocientíficos, lingüistas, genetistas y zoólogos.

Una pregunta sin respuesta
Se supone que el lenguaje es solo humano, pero tratar de averiguar exactamente el porqué y el cómo siempre ha sido tabú. En la década de 1860, la Sociedad de Lingüística de París prohibió debatir sobre la evolución del lenguaje, y la Sociedad Filológica de Londres hizo lo mismo en la siguiente. Puede que trataran de poner freno a especulaciones no científicas o quizá fuese un acto político; durante siglos, el tema siguió molestando. Noam Chomsky, el influyente lingüista del Instituto de Tecnología de Massachusetts, no sintió durante muchos años interés por la evolución del lenguaje, por lo que su actitud enfrió la cuestión. Cuando, a comienzos de los años noventa, atendía a una clase de lingüística, le pregunté al profesor cómo había evolucionado el lenguaje. La lingüística no se hacía esa pregunta, me dijo, ya que no era posible contestarla.

Afortunadamente, solo unos años después, investigadores de diferentes disciplinas empezaron a abordarla a fondo. Desenterraron una desconcertante paradoja. El lenguaje es explícito, claro y exclusivamente humano. Consiste en unos complicadísimos conjuntos interrelacionados de reglas con las que se combinan sonidos y palabras que generan significado. Si otros animales tuvieran un sistema igual, probablemente lo reconoceríamos. El problema es que, tras buscar durante un buen tiempo y con una amplia variedad de enfoques, no parece que podamos encontrar nada único en nosotros mismos —ya sea en el genoma humano o en el cerebro humano— que pueda explicar el lenguaje.

Es cierto que hemos hallado características biológicas exclusivas de los humanos y que son importantes para el lenguaje. Somos, por ejemplo, los únicos primates que pueden controlar la laringe: nos pone en riesgo de ahogarnos, pero nos permite articular el habla. Sin embargo, el equipamiento que parece estar diseñado para el lenguaje nunca termina de explicar la enorme complejidad y utilidad de este.

Parece, cada vez más, que la paradoja no es inherente al propio lenguaje, sino a cómo lo observamos. Durante mucho tiempo hemos estado subyugados por la idea de una repentina transformación que convirtió a unos simples primates en lo que hoy somos. Esta idea de metamorfosis ha ido de la mano de otras que también invocan hechos singulares: que el lenguaje es un atributo enteramente separado, que tiene poco en común con otras formas de actividad mental, que es la adaptación evolutiva que lo cambió todo, que está impreso en el ADN humano. Hemos estado buscando un evento biológico específico que hace cerca de 50.000 años trajera al mundo la existencia de nuestro complejo lenguaje.

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