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1 de Noviembre de 2018
psicología evolutiva

Los orígenes de la moralidad

Así aprendimos a considerarnos iguales.

YUKO SHIMIZU

En síntesis

El germen de la moralidad humana se gestó hace unos 400.000 años, cuando los individuos se vieron obligados a colaborar para cazar y recolectar.

Debido a un mecanismo de selección natural, esa interacción cooperativa fomentó el respeto y el sentimiento de equidad hacia otros miembros del grupo.

Más tarde, el crecimiento de las poblaciones humanas consolidó un sentimiento de
identidad colectiva que propició el establecimiento de un conjunto de prácticas culturales y normas sociales.

Si la evolución consiste en la supervivencia del más apto, ¿qué hizo que los humanos nos volviéramos criaturas morales? Si el proceso evolutivo hace que cada individuo tienda a maximizar sus facultades adaptativas, ¿cómo llegamos a sentir que debíamos ayudar a los demás y ser justos con ellos?

Existen dos respuestas clásicas a estas preguntas. Por un lado, tiene sentido que un individuo ayude a sus parientes cercanos, con quienes comparte genes. Por otro, pueden darse situaciones de reciprocidad en las que un individuo le rasca la espalda a otro, este hace lo propio, y a largo plazo todos se benefician.

Pero la moralidad no consiste solo en ser amables con nuestros parientes. Y la reciprocidad es una actitud arriesgada, ya que un individuo siempre puede marcharse después de haber obtenido un beneficio y dejar a los demás en la estacada. Además, ninguna de estas teorías clásicas explica lo que, presumiblemente, constituye la esencia de la moralidad humana: el sentimiento de compromiso mutuo que tenemos los humanos con respecto a nuestros congéneres.

En los últimos años, el problema de la moralidad ha sido objeto de un nuevo tratamiento. La clave reside en entender que los individuos que viven en un grupo en el que cada uno depende de los demás operan según una lógica determinada. Según esta «lógica de interdependencia», si yo dependo de ti, entonces me interesa ayudarte para asegurar tu bienestar. En términos más generales, si todos dependemos de los demás, todos tenemos que cuidarnos mutuamente.

¿Cómo se llegó a esa situación? La respuesta guarda relación con las particulares circunstancias que obligaron al ser humano a adoptar formas de vida más cooperativas, especialmente a la hora de obtener alimentos y otros recursos.

El papel de la colaboración
Nuestros parientes evolutivos vivos más próximos, chimpancés y bonobos, buscan frutas y plantas en pequeños grupos. Pero, cuando las encuentran, se desbandan y cada individuo toma su propio alimento. Todo conflicto se resuelve por dominación: gana el mejor luchador. En los casos que más se asemejan a una búsqueda colaborativa, unos pocos chimpancés macho pueden rodear un mono y capturarlo. Pero eso recuerda más al proceder de los leones y de los lobos que al carácter colaborativo de los humanos. Cada chimpancé maximiza sus propias opciones tratando de bloquear las vías de escape del mono. El chimpancé captor intentará devorar el cadáver entero, pero por lo general no podrá hacerlo. Entonces los demás individuos se agruparán alrededor de la presa y comenzarán a desgarrarla. El captor debe permitir que eso suceda, o bien pelear con los demás. Pero esto probablemente le supondrá perder la comida en medio del caos, por lo que acabará compartiendo una porción.

Los humanos procedemos de otro modo. Hace unos dos millones de años surgió el género Homo, dotado de un cerebro más voluminoso y con nuevas aptitudes para fabricar herramientas de piedra. Poco después, la llegada de un enfriamiento global y de un periodo seco conllevó la proliferación de simios terrestres que compitieron con Homo en la obtención de recursos.

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