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1 de Noviembre de 2018
Sociología

¿Por qué luchamos?

A fin de cuentas, quizá la guerra no se halle en nuestra naturaleza.

YUKO SHIMIZU

En síntesis

¿Es la guerra consustancial a la especie humana o surgió a medida que las sociedades ganaron complejidad?

Los eruditos se dividen en dos bandos, que alguien calificó como halcones y palomas.

El estudio minucioso de las pruebas arqueológicas y de otro tipo indica que las matanzas colectivas derivaron de unas condiciones culturales surgidas en los últimos 12.000 años.

¿Presenta el género humano, o tal vez solo el sexo masculino, la inclinación natural a aniquilar iguales de otros grupos? ¿Posee, además de la actitud homicida, la propensión a tomar las armas que aboca a la violencia colectiva? La clave reside en el adjetivo «colectivo». El hombre lucha y mata por móviles personales, pero homicidio no es sinónimo de guerra. Esta es social y comporta la organización de grupos con la misión de matar a semejantes de otros bandos. Hoy, la controversia sobre las raíces históricas de la belicosidad gira en torno a dos posturas opuestas. Según una, la guerra está destinada a eliminar cualquier competidor potencial. En tal caso, el hombre siempre ha librado guerras, desde las mantenidas por nuestros ancestros comunes contra los chimpancés hasta nuestros días. La otra sostiene que solo se remonta a los últimos milenios, cuando los cambios sociales desataron la motivación y propiciaron la organización necesaria para matar en grupo. Las opiniones se dividen en dos bandos que el fallecido antropólogo Keith Otterbein denominaba halcones y palomas. (El debate guarda relación con la cuestión sobre si pueden detectarse tendencias bélicas instintivas en los chimpancés [véase el recuadro de la página 68].)

Si la guerra respondiese a una tendencia innata, se observarían indicios de belicosidad en las pequeñas sociedades prehistóricas. Los halcones sostienen que, en efecto, se ha dado con tales pruebas. «Allí donde se halla una buena descripción arqueológica de cualquier sociedad del planeta, se encuentran casi siempre indicios de guerra... Un cálculo prudente situaría las muertes por conflictos bélicos en un veinticinco por ciento», afirman el arqueólogo Steven A. LeBlanc y su colaboradora Katherine E. Register. Ante la magnitud del número de víctimas, los psicólogos evolutivos argumentan que la guerra ha servido como mecanismo de selección natural para que los más aptos se impongan a la hora de obtener pareja o recursos.

Ese enfoque ha ejercido una gran influencia. Según el politólogo Francis Fukuyama, los orígenes de la guerra y de los genocidios recientes se remontan decenas y cientos de milenios atrás, hasta nuestros antepasados cazadores y recolectores e incluso hasta los ancestros comunes con los chimpancés. Bradley Thayer, experto en relaciones internacionales, sostiene que la teoría de la evolución explica por qué la tendencia instintiva a proteger a la propia tribu se transformó con el tiempo en una tendencia grupal hacia la xenofobia y el etnocentrismo en el ámbito de las relaciones internacionales. Si la guerra es la manifestación natural de un odio instintivo, ¿para qué buscar más respuestas? Si la naturaleza humana es proclive a aniquilar a los extranjeros, ¿por cuánto tiempo la podremos evitar?

En cambio, los antropólogos y arqueólogos del bando de las palomas ponen en duda esa teoría y mantienen que, si bien poseemos la obvia capacidad de guerrear, nuestro cerebro no está programado para identificar y matar a los extraños en el marco de conflictos colectivos. Según su hipótesis, los ataques homicidas en grupo no surgen hasta que las sociedades de cazadores y recolectores ganan en tamaño y complejidad, o hasta el advenimiento de la agricultura más tarde. La arqueología, complementada con el estudio antropológico de las tribus contemporáneas de cazadores y recolectores, nos permite descubrir los momentos y, hasta cierto punto, el contexto social que propició la aparición y proliferación de la guerra.

¿Cuándo comenzó?
Para dilucidar los orígenes de la guerra, los arqueólogos buscan cuatro clases de pruebas. El arte rupestre muestra una de ellas. En pinturas paleolíticas de las cuevas de Cougnac, Pech Merle y Cosquer, en Francia, de unos 25.000 años de antigüedad, se aprecia lo que algunos expertos interpretan como personas atravesadas por lanzas, indicio de que ya guerreábamos en épocas tan remotas como el Paleolítico superior. Pero la hipótesis no escapa al debate. Hay quien aduce que algunas de las figuras incompletas de esas pinturas poseen cola y que las líneas curvas y onduladas que las atraviesan representan, más bien, una suerte de fuerza sobrenatural y no lanzas. (Otras pinturas halladas en el abrigo de Les Dogues en Ares del Maestre, Castellón, probablemente factura de agricultores asentados milenios después, plasman lo que sin duda son batallas y ejecuciones.)

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