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Yo, mi cerebro y mi otro yo (digital)

Muerte e inmortalidad en el horizonte de la transferencia mental.

© IARAMENKO/ISTOCKPHOTO

Al decir del filósofo Hans Jonas, la aparición de la vida introdujo en la monolítica seguridad del universo una novedad genuina: la posibilidad de dejar de ser. Por eso, ya sea que las innumerables metamorfosis de la materia y de la energía se sucedan indefinidamente o, como parece indicar la entropía, que todo se resuelva en un desenlace inexorable y frío, nada se acerca al dramatismo que esconde una sola muerte.

Pero aunque los mortales son muchos, solo el hombre es plenamente consciente de que va a morir. Solo el hombre es capaz de enfrentarse a este hecho como una cuestión teórica y como un problema práctico. A nivel teórico, la muerte representa un interrogante fundamental al que a lo largo de la historia han intentado responder, de un modo prevalente aunque no exclusivo, la filosofía y las religiones. Las más de las veces, estas respuestas sapienciales se han inclinado hacia  una resignación estoica o bien han prometido algún tipo de trascendencia más allá de la desaparición del cuerpo físico. En el ámbito práctico, la muerte ha sido considerada usualmente un mal, casi siempre lo bastante indeseable como para que valga la pena intentar posponer su encuentro. De hecho, el nacimiento de la medicina se explica, en parte, como una reacción contra la muerte.

En lo esencial, esta situación permanece en la actualidad. Aunque la mejora en los sistemas de salud y en las condiciones de higiene prácticamente han duplicado la esperanza de vida en los últimos 200años, la pálida muerte sigue siendo el final inescapable, y su pesado pie, el gran igualador... para alivio del poeta Horacio.

Con todo, a los ojos de algunos de nuestros contemporáneos este escenario está a punto de experimentar cambios drásticos. Esto se debe a que, por primera vez en la historia, la agenda de la investigación científica y médica ha comenzado a interesarse en el proceso de envejecimiento y en la muerte. De hecho, el denominado programa transhumanista, que propone el mejoramiento de la especie humana a través de la convergencia de las nuevas tecnologías, tiene la extensión indefinida de la vida como una de sus metas más distintivas. Sin embargo, la realización de este deseo dista mucho de ser sencilla, y se topa con una dificultad fundamental: los límites actuales de la longevidad humana no parecen ser mucho más plásticos. La curva de crecimiento de la esperanza de vida amenaza con la desaceleración y el amesetamiento. Nos estamos acercando, quizás, a una barrera natural. A causa de esto, las posibles vías de acción no pueden sino resultar, cuanto menos, extremas.

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