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  • Investigación y Ciencia
  • Febrero 2015Nº 461

Astronomía

Los fósiles de la Vía Láctea

En el pasado, la Vía Láctea engulló un gran número de galaxias enanas. Los restos de ese banquete cósmico están ayudando a los expertos a entender cómo se formó nuestro particular rincón del universo.

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Si contemplamos el firmamento en una noche oscura y sin nubes, lejos de las luces de la ciudad, podremos ver la brillante banda de la Vía Láctea formando un arco espectacular sobre nuestras cabezas. Han pasado cuatro siglos desde que Galileo apuntase por primera vez un telescopio hacia ese paisaje y descubriese que, en realidad, aquella «leche» se componía de un sinfín de estrellas, solo que demasiado tenues para distinguirlas a simple vista. Trescientos años después, los astrónomos se convencieron de que la Vía Láctea no era más que una de entre los miles de millones de galaxias que pueblan el universo.

Pero la Vía Láctea es algo más que «una» galaxia. Varios estudios han demostrado que, a lo largo de la historia cósmica, nuestra galaxia atrajo hacia sí a otras de menor tamaño y absorbió sus estrellas. En el presente, al menos 20 galaxias enanas —con tamaños que van desde una millonésima hasta una centésima parte del de la Vía Láctea— orbitan a su alrededor, y probablemente haya docenas más que aún no hemos descubierto. Se cree que estas galaxias satélite solo representan una diminuta fracción de todas las que existieron en el pasado, las cuales habrían sido arrastradas hacia la Vía Láctea en tiempos remotos. Esa ingesta cósmica, que comenzó cuando nuestra galaxia era mucho más joven y pequeña que ahora, aún continúa. En un futuro, la Vía Láctea podría acabar devorando las galaxias satélite que todavía merodean a su alrededor.

Las víctimas del apetito gravitatorio de la Vía Láctea dejaron un rastro que aún puede verse en forma de sutiles regueros de estrellas. Durante los últimos 15 años, un campo de investigación relativamente nuevo, la «arqueología galáctica», ha permitido descubrir varias de esas corrientes estelares. Gracias al estudio de estos fósiles, los arqueólogos galácticos han comenzado a entender mejor la historia de la Vía Láctea, al tiempo que han obtenido nuevas pistas sobre el nacimiento y la evolución de otras galaxias espirales.

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