Los problemas de privacidad llegan al espacio

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En febrero de 2009, el satélite estadounidense de comunicaciones Iridium 33 chocó contra el Cosmos 2251, de origen ruso. La colisión acabó al instante con ambos aparatos. Según los sistemas terrestres encargados de seguir sus trayectorias, parecía que los objetos pasarían de largo. Sin embargo, habría bastado con los instrumentos de a bordo de uno cualquiera de los dos satélites para concluir lo contrario. Entonces ¿por qué los operadores no usaron esa información?

En realidad, los datos orbitales son secretos. Sus propietarios los consideran privados y las empresas temen perder su ventaja competitiva si los hacen públicos, ya que una compañía rival podría deducir su capacidad operativa a partir de esa información. Los Gobiernos, por su parte, temen que revelar esos datos merme la seguridad nacional. Pero incluso las colisiones de poca importancia pueden causar daños de millones de dólares, así como invadir con sus restos las trayectorias de otros satélites o de naves espaciales tripuladas, como la Estación Espacial Internacional. Por esa razón, el choque entre el Iridium y el Cosmos empujó al sector a buscar soluciones al problema.

En la actualidad, los cuatro mayores proveedores mundiales de comunicaciones por satélite se han asociado con Analytical Graphics, una tercera empresa a la que confían sus datos. La compañía agrega todos los datos orbitales e informa a sus dueños cuando los satélites corren peligro. Este arreglo, sin embargo, requiere que todos los participantes confíen en un tercero, algo que será difícil o imposible de mantener cuando aparezcan nuevos agentes y haya más satélites en órbita.

Algunos expertos creen que una mejor opción consistiría en recurrir a la criptografía. En los años ochenta del siglo pasado, se crearon algoritmos que permitían a varios individuos calcular de manera conjunta una función con datos privados sin tener que revelar secretos. Con el objetivo de compartir datos entre satélites, la Agencia de Proyectos Avanzados de Investigación para la Defensa de EE.UU. (DARPA) encargó en 2010 a varios equipos de criptógrafos que aplicasen la técnica a la creación de protocolos de cálculo seguro con múltiples participantes (MPC, por sus siglas en inglés). Según este método, cada participante descarga datos de su propiedad en programas informáticos que le pertenecen, que, después, intercambian mensajes según un protocolo MPC público. Este permite que los clientes puedan calcular un resultado que se desea conocer, como la probabilidad de una colisión, pero nada más. Y, dado que el protocolo es público, cada interesado puede escribir sus propios programas sin necesidad de fiarse de los demás.

Por el momento, uno de los inconvenientes de la criptografía de datos orbitales radica en la velocidad de los satélites. Calcular una probabilidad de colisión requiere llevar a cabo complejos cálculos. Pero, mientras que para hacerlo de manera insegura apenas se necesitan unos milisegundos, ejecutar los protocolos lleva 90 segundos en un ordenador comercial. Con todo, a medida que aumente la capacidad de cómputo, los protocolos MPC se tornarán más útiles. De momento, el empeño de la DARPA ya ha comenzado a dar sus frutos con un primer algoritmo de prueba. Por ahora nadie está usando tales protocolos con fines prácticos, pero los criptógrafos buscan a todo aquel que esté dispuesto a adoptar la técnica.

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