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1 de Octubre de 2018
Reseña

De la embriología a la reproducción asistida

Principios básicos y avances técnicos en una de las áreas más fascinantes de la ciencia.

FEAR, WONDER, AND SCIENCE IN THE NEW AGE OF THE REPRODUCTIVE BIOTECHNOLOGY

Scott Gilbert y Clara Pinto-Correia
Columbia University Press, 2017

Dos elementos sirven de punto de arranque para la ciencia: el sentimiento de admiración, de maravillarse ante lo observado, y la búsqueda de regularidades, aparentes o celadas, en los fenómenos que permitan ahormarlos en una teoría o modelo. A propósito de lo segundo, Alfred Nobel escribió que la observación y la búsqueda de semejanzas y diferencias constituyen la base de todo conocimiento humano. Por la admiración, afirmó Aristóteles, el hombre comenzó a filosofar. Esta idea volvió a aparecer en los albores de la ciencia moderna con Francis Bacon, para quien la admiración era la semilla del conocimiento.

Desde muy pronto el ser humano se esforzó en dar explicación a las observaciones mediante la interpretación de las regularidades advertidas o presumidas. Es arquertípico lo acontecido en astronomía: Ptolomeo ajustó las observaciones de los movimientos de las estrellas a un modelo geocéntrico del cosmos, con epiciclos complejos para justificar los movimientos retrógrados de los planetas. En el ­siglo XVI, Kepler analizó los datos de Copérnico y de Tycho Brahe y dedujo que los planetas trazaban movimientos elípticos, con el Sol en un foco de la elipse.

Pareja trayectoria siguió la embriología. El mundo del embrión despierta la admiración del científico ante el sorprendente proceso de desarrollo del organismo a partir de una sola célula. También evidencia la regularidad de una sucesión de pautas que se van manifestando con una precisión no menos llamativa. Cuando un óvulo es fecundado por un espermatozoide, los cromosomas del padre y de la madre se unen y comienza a desarrollarse un embrión genéticamente único.

Escrito a dos manos, Fear, wonder, and science in the age of reproductive technology conjuga el rigor técnico de la biología del desarrollo con el contrapunto humanista. Scott Gilbert describe la aventura del comienzo de la vida, la cooperación de espermatozoide y óvulo (dos células que, al borde del precipicio de la muerte, generan una nueva vida), el mutuo socorro de los órganos en su conformación, la aparición de gemelos y la génesis de las gónadas. Los capítulos de Clara Pinto Correia aportan el contrapunto humanista. Describe con puntillosa exactitud la escalonada introducción de técnicas de reproducción asistida, la celeridad con que estas se aceptaron y su difusión creciente. No carecen de sentido, pues a veces el espermatozoide y el óvulo no se acoplan o el embrión muere.

La historia del embrión importa a todos los seres humanos. Seamos o no conscientes de ello, la forma en que se halla construido nuestro cuerpo escribe las primeras páginas de nuestra autobiografía. Pero son muchos los errores que la sociedad sigue cometiendo al imaginar el proceso. Se afirma, por ejemplo, que el espermatozoide más rápido es el que alcanza a fecundar el óvulo y que lo hace al perforarlo, o que la píldora del día después causa el aborto. Ninguno de esos enunciados es correcto. No pocos los toman como verdades científicas y creen que, como tales, han de admitirse.

El libro de Gilbert y Pinto-Correia busca salir al paso de tales falsedades. El cigoto, el embrión unicelular, no puede percibirse a simple vista, pero terminará midiendo 1,80 metros, con un corazón en el lado izquierdo, una boca y un ano en sus lugares debidos y dos ojos (y solo dos) en la cabeza que miran siempre de frente. La rodilla es una maravilla de músculos, tendones, ligamentos y lubricantes, cada uno de los cuales crece en su sitio correcto y se conecta con otros apropiados.

Lo que los científicos saben es que la fecundación humana es un proceso que implica hechos sorprendentes de cooperación entre las células. Primero, en esta competición no siempre triunfa el más rápido; el primer espermatozoide que alcanza el óvulo no suele ser el que lo fecunda, pues suele estar inmaduro. Segundo, el tracto reproductor no es pasivo. Las células de los oviductos (trompas de Falopio) se unen a los espermatozoides, frenan su velocidad y segregan proteínas que cambian las membranas celulares del gameto. Esos cambios en la membrana celular permiten la fusión del espermatozoide y del óvulo para generar el embrión unicelular (cigoto). Tercero, el espermatozoide no perfora, sino que se sitúa junto al óvulo en un punto de contacto donde las membranas celulares del óvulo y del espermatozoide se encuentran y dejan que los dos núcleos se instalen en una misma célula; espermatozoide y óvulo son ambos activos en ese proceso. Y cuarto, la fecundación se toma su tiempo. No se produce en el momento de la pasión, sino cuatro o cinco días después de la interacción sexual.

La reproducción sexual es una pieza maestra de la naturaleza. Constituye la base de la biodiversidad, de la variabilidad y de la continuidad de la vida. Combina dos de las fuerzas más poderosas: el sexo y la reproducción. Sexo significa la combinación de genes. Reproducir es crear nuevos organismos a partir de otros preexistentes. Unidos ambos procesos, los nuevos organismos difieren de sus progenitores.

¿Cómo lo consigue el cigoto? De entrada, este embrión unicelular acomete su propio desarrollo, en el que las células se multiplican para formar millones de nuevas células. Un crecimiento sometido a un control puntilloso para que, por ejemplo, los dos pies acaben teniendo la misma longitud. Luego esas células tienen que emprender un proceso de diferenciación, por el que unas pasarán a ser células sanguíneas y otras serán nerviosas, óseas, etcétera. Y esas células embrionarias habrán de abordar la morfogénesis: la formación ordenada de tejidos y órganos, donde múltiples células nerviosas distintas integrarán el cerebro, y donde el aparato digestivo se dividirá en esófago, estómago, intestinos, páncreas e hígado. Desarrollo, diferenciación y morfogénesis constituyen las tareas básicas del cigoto.

La infertilidad no es un fenómeno raro. Las estadísticas lo cifran en un 15 por ciento de las parejas del mundo. Para remediarlo se acude a la fecundación in vitro. Se dice que Enrique IV de Castilla recurrió ya a la fecundación artificial. Tras la búsqueda infructuosa de un heredero con su segunda mujer, Juana de Portugal, se procuró la ayuda del médico de la corte. Con sobrado ingenio, ese galeno del siglo XV inventó una suerte de jeringa con tubo de oro, recogió una muestra de semen del monarca y lo inyectó en la vagina de la reina. El método resultó y de esa inseminación artificial nació una niña: Juana la Beltraneja. Tres siglos más tarde, la inseminación artificial fue realizada con notable éxito en perros por Lazzaro Spallanzani en 1782, del que nacieron ocho cachorros spaniel. Semejante éxito alentó a los ganaderos a adoptar el método para la mejora de su cabaña.

El salto de los animales a los humanos se dio con éxito en los años cuarenta del siglo XX. Con ello nació una línea de investigación de enorme interés tanto social como científico y que, en la era actual de la biotecnología, promete espectaculares avances para un futuro próximo [véase «Nuevos medios de reproducción», por Karen Weintraub; Investigación y Ciencia, mayo de 2018].

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