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Perspicacia animal

En tiempo reciente, los medios se han hecho eco de varias noticias que comparten un mensaje similar: los animales entienden de manera instintiva mejor que los humanos ciertas operaciones matemáticas. ¿Cuánta verdad esconden?
MARKUS BOTZEK, CORBIS
En tiempo reciente, los medios se han hecho eco de varias noticias que comparten un mensaje similar: los animales entienden de manera instintiva mejor que los humanos ciertas operaciones matemáticas. ¿Cuánta verdad esconden?
En el tristemente célebre problema de Monty Hall, así llamado en honor al presentador del concurso televisivo estadounidense Let’s make a deal, las personas parecen quedar muy mal en comparación con las palomas. Un participante ha de elegir entre tres puertas, una de las cuales esconde un premio. Cuando ha escogido una de ellas, el presentador abre otra de las puertas, asegurándose de que sea una de las dos que no esconde ningún premio. Después, se le da al concursante la posibilidad de cambiar su elección. ¿Debería elegir la otra puerta?
La mayoría de la gente se mantiene firme en su primera opción. Se trata de la decisión equivocada, puesto que retractarse aumenta de 1/3 a 2/3 la probabilidad de ganar. (Si nos empeñamos en la primera puerta, habremos ganado solo si habíamos acertado desde el principio, un suceso que tiene una probabilidad de 1/3; pero, si cambiamos a la segunda, habremos ganado siempre que nuestra primera elección hubiese sido equivocada, lo que ocurrirá en 2/3 de las ocasiones.) Según un estudio reciente, incluso después de participar un gran número de veces y observar que cambiar de puerta duplica las probabilidades de ganar, las personas solo nos retractamos en 2/3 de las ocasiones. Las palomas lo hacen mucho mejor: después de varios intentos, acaban por decantarse siempre por la segunda posibilidad.
Las palomas aprenden. Pero ¿calculan o entienden algo? En absoluto. Como buenas empiristas, no hacen más que rendirse ante la evidencia. La gente, en cambio, da demasiadas vueltas al asunto y termina por confundirse.
Las abejas, que parecen encontrar el camino más corto que conecta las flores de un prado, constituyen otro ejemplo de aparente perspicacia animal. Incluso si el camino que siguen fuera en verdad el óptimo (y la única forma de comprobarlo sería medir todos los caminos posibles), no se podría afirmar que han dado con un algoritmo general, una tarea tan complicada que pertenece a un tipo de problemas denominados NP-complejos, insolubles en la gran mayoría de los casos. El itinerario de las abejas quizá sea una buena aproximación del camino más corto, pero no hay motivo para pensar que siempre logran dicha aproximación, ni mucho menos que obtienen la solución óptima para todas las situaciones posibles con un número indefinido de flores.

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