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Actualidad científica

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    Un dispositivo para medir nuestra exposición al sol

    Colocado en la piel o la ropa, el pequeño aparato aporta datos sobre la cantidad de radiación ultravioleta, visible e infrarroja que acumula el organismo. Destacan sus múltiples aplicaciones tanto cosméticas como médicas.

  • 12/12/2018 - Climatología

    Oscurecer el sol para enfriar la Tierra: el primer experimento

    Unos investigadores tienen pensado rociar la estratosfera con partículas que reflejen la luz solar. En última instancia, de esta forma se podría reducir deprisa la temperatura de la Tierra.

  • 12/12/2018 - Envejecimiento

    La tenacidad beneficia la salud física

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  • 11/12/2018 - glaciología

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  • 11/12/2018 - Neuropsicología del desarrollo

    ¿Infecciones que desencadenan trastornos mentales?

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  • Investigación y Ciencia
  • Diciembre 2018Nº 507
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Reseña

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Ciencia y teleología

Historia del concepto de finalidad en el pensamiento occidental.

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ON PURPOSE
Michael Ruse
Princeton University Press, 2018

Uno de los objetivos del empirismo lógico fue desterrar del campo de la metaciencia la causa final. Filósofos y científicos han seguido empeñados en esa labor, particularmente correosa en el dominio de la biología. A veces con planteamientos más o menos ingeniosos, como el de Jacques Monod y su teleonomía, inexplicablemente ausente en este libro de Michael Ruse dedicado a la idea de finalidad en el pensamiento filosófico, religioso, científico e histórico desde la Grecia clásica hasta la actualidad.

El lenguaje de la evolución, de la adaptación al medio, induce a menudo a dar por cierta una finalidad no demostrada. Valgámonos de un ejemplo caro a Ruse: las placas óseas del Stegosaurus, una bestia del Jurásico tardío. El animal fue descubierto a finales de los años setenta del siglo XIX en el estado de Wyoming y, desde entonces, han corrido ríos de tinta para explicar la existencia de tales placas. El recurso habitual, que sirvieran para la defensa o la lucha, no podía ser cierto, pues la conexión entre las placas y el cuerpo era demasiado frágil para que funcionaran de manera efectiva en una batalla. Para otros habrían desempeñado un papel en el cortejo de apareamiento; sin embargo, también las hembras tenían placas. Pudiera ser que su propósito se relacionara con el control de la temperatura: radiar calor cuando el animal estaba demasiado caliente y absorberlo cuando estaba frío. Otros sostienen que podrían haber constituido la vía para que los individuos se reconocieran entre sí como miembros de la misma especie.

¿Cuál era la finalidad de las placas? ¿Se adquirieron en el curso evolutivo para la lucha? ¿Para atraer a su pareja? ¿Para controlar la temperatura? ¿Para identificarse ante sus congéneres? Este tipo de lenguaje es teleológico; telos, en griego, significa «fin» [véase «Naturaleza y finalidad», por Héctor Velázquez Fernández; Investigación y Ciencia, mayo de 2015].

A tres se reducen las ideas principales sobre finalidad que han permanecido en el pensamiento occidental a lo largo de más de 2000 años. En la perspectiva platónica, el propósito resulta de la planificación de un ser humano o divino. Para Aristóteles, el propósito surge de una tendencia o principio de orden en el mundo natural. Para Kant, el propósito es esencialmente heurístico, algo por descubrir. Con esos tres conceptos hemos de comparar la teoría darwinista de la selección natural, una idea hecha sustancia.

Algunos se apoyan en ese lenguaje teleológico para sostener que la biología no es ciencia en el sentido riguroso de la palabra, sino una colección de observaciones y hechos. El entrelazamiento de la biología con la teleología se retrotrae al mundo griego clásico. Existen dos fuentes principales para el pensamiento de Platón sobre el propósito. La primera es el Fedón, el diálogo sobre el último día de Sócrates; allí hace explícita la necesidad del concepto de orden para conferir sentido a nuestro modo de entender las cosas y la finalidad que les es connatural. Mientras aguarda su destino, se pregunta si puede ser explicado mecánicamente, ya que su propio cuerpo está hecho «de huesos y músculos; y los huesos son duros y tienen articulaciones que los dividen, y los músculos son elásticos y cubren los huesos». Todo ello, afirma Sócrates, no es la verdadera causa de encontrarse donde se encuentra. La razón es que los atenienses han decidido condenarle. «Y yo he pensado que lo mejor y más recto es permanecer aquí y recibir la sentencia», continúa. Sócrates describe la situación como una confusión de causas y condiciones: él está con sus huesos y músculos, pero esa no es la explicación real de por qué está allí.

La otra fuente es el Timeo, cuya tesis central es que el mundo estaba esencialmente desorganizado hasta que una mente diseñadora, el Demiurgo, puso orden en él. El Demiurgo es externo al mundo, un ser que impone su voluntad a un universo preexistente, sin principio ni fin. La investigación sobre la finalidad de huesos y músculos no es solo una pesquisa sobre la constitución del ser humano, sino también, en última instancia, sobre los planes del Demiurgo.

Aristóteles se mostró vivamente interesado en las causas finales. Sostenía que todos los seres vivos contaban con fuerzas que los encaminaban hacia su propio fin. Esas fuerzas de la vida operan aquí y ahora, y, en cierto modo, tienen el futuro en mente. Así, animan la bellota para que pueda convertirse en encina. Lo mismo que Platón, Aristóteles acudía al lenguaje metafórico para indicar el diseño, mas, a diferencia de su maestro, repudiaba la supervisión de una inteligencia consciente. Aristóteles distinguía cuatro causas: material, formal, eficiente y final. En una estatua, el escultor es la causa eficiente; la causa material es el mármol, barro o madera de que consta la estatua; la causa formal es la configuración real de estatua; la causa final sería el motivo de la construcción de la escultura.

Esa visión del saber saltó por los aires durante la Revolución Científica de los siglos XVI y XVII. Para Platón y Aristóteles, la cuestión de las causas finales se había aplicado a los fenómenos físicos (las estrellas, por ejemplo) tanto como a los biológicos. Ambos pensaban que los objetos eran más o menos como organismos. ¿Por qué caían los graves? Porque al estar constituidos por el elemento tierra (los otros tres componentes fundamentales eran el agua, el fuego y el aire) buscan su lugar natural; a saber, el centro de la Tierra.

Después cambiaron las metáforas de la naturaleza. Los científicos no pensarían ya en términos de organismos, sino de máquinas. El mundo semeja un reloj gigante. Y el cuerpo humano, escribía Descartes, recuerda a una máquina compleja, donde el corazón se comporta como una bomba hidráulica y las extremidades remedan palancas y poleas. Robert Boyle se percató de que, en cuanto se comienza a pensar en términos mecánicos, resulta estéril hablar de fines y propósitos.

También Kant puso su absoluta confianza en la mecánica de Newton para entender el mundo. En su Crítica del juicio se ocupó de la biología, una disciplina que nos obliga a pensar en términos de función, de causas finales. Los seres vivos no están determinados por las leyes de la naturaleza en la misma forma en que lo están los seres inertes; necesitamos un lenguaje finalista para explicar el mundo orgánico. Aunque no todo lo que afecta a los organismos exige un análisis teleológico: la hierba no crece «para» alimentar al ganado, aunque de ello salga este beneficiado. Los seres vivos presentan una organización que les conduce a la supervivencia y la reproducción. En cierto modo, las partes de los organismos son a un tiempo causa y efecto. ¿Podemos vivir sin la idea de finalidad, de propósito? ¿Deberíamos siquiera intentarlo? Kant pensaba que estábamos anclados a un propósito.

En El origen de las especies, Darwin hundió la cuestión de las causas finales individuales al explicar por qué los organismos se hallan tan bien adaptados al medio. El lenguaje teleológico era apropiado porque órganos como los ojos y las manos, aunque no estaban diseñados, parecía como si lo estuvieran. Mas, en puridad, no había ninguna causa final, sino una lucha por la existencia entre los organismos o, con mayor precisión, una lucha por la reproducción.

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