Apiwtxa, maestros de la sostenibilidad

Una comunidad indígena de la Amazonia enseña al resto del mundo a convivir en armonía con la naturaleza.

Una mujer junto a un ceibo, árbol sagrado de los ashánincas. [André Dib] 

En síntesis

Hace décadas que la Amazonia sufre el expolio de la industria maderera y minera, los latifundios agropecuarios y el narcotráfico, actividades muchas veces impulsadas por intereses lejanos.

Algunas tribus de la gran cuenca se han organizado en defensa de sus tierras ancestrales y de su derecho a conservarlas y explotarlas de modo sostenible.

Los ashánincas ofrecen un ejemplo de tales iniciativas con las que han logrado difundir la problemática que afrontan, su cultura y conocimientos tradicionales y, en definitiva, el mensaje de respeto por la naturaleza que propugnan.

El pasado mes de julio un presentimiento impulsó a los ashánincas, un pueblo indígena del extremo occidental de la Amazonia, a emprender una expedición tradicional. Presagiando que podría ser su última oportunidad de gozar de paz y tranquilidad, más de doscientos lugareños de Sawawo y Apiwtxa, dos aldeas enclavadas a orillas del río Amonia (la primera en la margen peruana y la otra en la brasileña), botaron sus barcas con rumbo a las cabeceras fluviales, en lo hondo de la selva. Era la estación seca, cuando las aguas bajan claras, los niños pueden chapotear a placer y el cielo nocturno reluce de estrellas. Allí, emulando a sus ancestros, pasaron una semana dedicados a la caza, la pesca y el relato de historias, empapándose de la belleza y la serenidad que ofrecen esos prístinos parajes.

Un mes después sus temores se confirmaron: había arrancado la construcción de una carretera promovida por empresas madereras peruanas, de la que habían tenido noticia meses atrás. La maquinaria estaba ya en la linde de la selva, dispuesta a abrir una pista ilegal hasta el río Amonia. Con ese acceso, los madereros aprovecharían el curso del río para adentrarse en la selva y talar caobos (Swietenia sp.), cedros (Cedrela sp.) y otros árboles. Las aves y demás fauna que los operarios no cazasen para comer huirían por el ruido de las motosierras. Los indígenas se enfrentarían a un grave peligro, tanto por los encuentros violentos con los intrusos como por los microbios foráneos, contra los que los habitantes de la selva tienen poca inmunidad. Los narcotraficantes deforestarían grandes extensiones para plantar coca e intentarían reclutar a los jóvenes de la zona como repartidores de droga. La carretera traería, en una palabra, la devastación.

Esta tierra fronteriza entre Brasil y Perú, donde la selva amazónica se eleva suavemente hacia el pie de los Andes, acoge una gran riqueza biológica y cultural. Es el hábitat del jaguar (Panthera onca) y de los monos lanudos (género Lagothrix), además del hogar de varios grupos indígenas. La zona protegida comprende dos parques nacionales, dos reservas de indígenas en aislamiento voluntario y más de 26 territorios indígenas. La ciudad más cercana es Pucallpa, en Perú, situada a más de 200 kilómetros de espesa jungla, casi impenetrable; en el lado brasileño, el pueblo de Marechal Thaumaturgo, ubicado a orillas del Amonia, queda a tres horas de barca de la aldea de Apiwtxa, pero desde allí se puede volar en avioneta a la segunda ciudad del estado de Acre, Cruzeiro do Sul.

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