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  • Julio 2018Nº 502

Informe especial Enfermedades emergentes en un mundo cambiante

Salud global

Epidemias que varían con el clima

El cambio climático acelera la propagación de las enfermedades y dificulta sobremanera la predicción de los brotes.

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La granja de Kobus Steenkamp se extiende a lo largo de un camino en la planicie central de Sudáfrica, donde el cielo lo empequeñece todo. Una mañana de 2010, pasada la temporada de lluvias, descubrió que algo extraño les había sucedido a sus ovejas. «Tenían el lomo ensangrentado», recuerda. Todas las hembras preñadas habían abortado.

Era la pesadilla de todo granjero: su rebaño había contraído la fiebre del Valle del Rift, cuya causa es un virus transmitido por mosquitos, que provoca abortos y muertes en el ganado y la fauna, además de poderse contagiar a los humanos. En unos días, docenas de personas se habían infectado. La mayoría solo manifestó síntomas seudogripales, pero en algunos casos la infección derivó en una grave fiebre hemorrágica, semejante al ébola.

La situación se repitió en toda la región. La supervivencia de los animales adultos rondó apenas el 10 por ciento y casi todas las ovejas preñadas abortaron. Los corderos y los becerros muertos permanecieron abandonados en los campos hasta que el equipo veterinario del estado procedió a su recogida e incineración. Hasta que no se declaró controlada, la epidemia se cobró la vida de 9000 animales y 25 personas. Los países vecinos, como Zimbabue y Namibia, prohibieron la importación de carne sudafricana, con cuantiosas pérdidas para el sector ganadero.

Desde que se descubriera en 1931 en el Valle del Rift en Kenia, los brotes epidémicos del virus se habían limitado al sur y al este del continente. Pero en 1977 avanzó hacia el norte, a raíz del aumento del comercio por el Nilo, y, en palabras de la Organización Mundial de la Salud (OMS) causó en Egipto una «epidemia masiva». Más tarde, en septiembre de 2000, saltó a la península arábiga y llegó hasta Arabia Saudita y Yemen, lo que despertó el temor de que Europa y Norteamérica fueran las siguientes. El miedo a que pudiera propagarse en pocos años por ambos continentes no es exagerado. El virus del Rift se transmite a través de una variedad de hospedadores y vectores mayor que la del virus del oeste del Nilo, que llegó a Nueva York en 1999 y se diseminó por todo el país en menos de seis años. El Departamento de Agricultura de EE.UU. tomó buena nota y lo calificó como el tercer patógeno animal más peligroso, solo por detrás de la gripe aviar y la fiebre aftosa. Pero a las autoridades sanitarias no solo les preocupa el impacto en la fauna y la ganadería. Las zoonosis (enfermedades infecciosas que se originan en los animales y se contagian a las personas) entrañan el mayor riesgo de epidemia y pandemia. Son culpables de algunas de las peores plagas de la historia, como la peste bubónica o el ébola.

El miedo a que la fiebre del Rift adquiera dimensiones de pandemia pone de relieve que los expertos en salud pública aún no saben predecir con fiabilidad los brotes epidémicos, de consecuencias devastadoras para la sanidad, la economía y la estabilidad política. Entretanto, crece la amenaza de las zoonosis emergentes, a menudo de improviso. Apenas comenzamos a entender qué vínculos unen las epidemias con las condiciones meteorológicas cambiantes, seña de identidad del cambio climático. Y cuanto más se sabe, más se complica el cuadro. La temperatura terrestre está aumentando con más rapidez de lo previsto y, como resultado, también se acelera la modificación de las áreas de distribución de la fauna, de los virus y, cada vez más, de los pobladores humanos. Estas relaciones complejas son hoy más inestables que nunca, por lo que, en un reciente artículo en The Lancet, se concluye que el cambio climático es «la mayor amenaza del siglo XXI» y, en otro artículo de la revista, se augura que «podría arruinar los progresos de la segunda mitad del siglo en el campo del desarrollo y de la salud mundial».

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