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  • Julio 2018Nº 502

Biología

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La paradoja de la conservación de la biodiversidad

La noción de que «la biodiversidad es siempre positiva» ha sido adoptada acríticamente por numerosos científicos y por la sociedad. La realidad ecológica es más sutil.

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Desde que Homo sapiens hollara por primera vez Nueva Zelanda en algún momento del siglo XIII, la flora del país se ha duplicado y ha pasado de unas 2000 a más de 4000 especies. Estas islas, carentes de mamíferos terrestres autóctonos, aparte de un puñado de murciélagos, albergan ahora más de dos docenas: zarigüeyas, conejos, ciervos o ualabíes, por citar algunos. La biodiversidad ha aumentado. Y sin embargo, a Nueva Zelanda —como al resto del planeta— se la considera víctima de una «crisis de biodiversidad» que está causando la extinción de seres vivos a un ritmo alarmante. Estos hechos y afirmaciones aparentemente contradictorios han avivado un intenso debate científico en los últimos años.

Numerosos atributos de la naturaleza que la gente valora por encima de todo se han visto seriamente afectados por nuestras actividades, pero al mismo tiempo la biodiversidad no ha variado e, incluso, en muchos casos ha aumentado. Podemos entender esta contradicción, denominada «paradoja de la conservación de la biodiversidad», si pensamos que los patrones y los procesos ecológicos pueden diferir según la escala espacial considerada —pequeña o grande—, extremo que constituye un viejo tema de debate en ecología. Así, por ejemplo, la desaparición de casi la mitad de la avifauna autóctona de Nueva Zelanda supone una pérdida global para la diversidad aviar, puesto que todas las especies eran endémicas y no habitaban en ningún otro lugar del planeta. La introducción humana de casi el mismo número de aves que las que se han extinguido ha mantenido la diversidad de esta clase zoológica en el archipiélago, pero ha significado una pérdida en el cómputo global, puesto que las recién llegadas ya vivían en otros lugares.

No obstante, el hecho de que las variaciones de la biodiversidad difieran en función de la escala espacial no resuelve por entero la paradoja. El grueso de los ecólogos y los biólogos de la conservación (entre los que me incluyo) seguiría calificando la situación de Nueva Zelanda como «mala» aun en el supuesto de que las pérdidas regionales no fueran también globales. A la naturaleza virgen, no alterada por la mano humana, le atribuimos un gran valor, totalmente al margen de las consideraciones científicas. En otras palabras, los valores humanos influyen en el modo en que describimos y estudiamos la biodiversidad. Por ello, para resolver de una vez por todas la paradoja de la conservación de la biodiversidad, primero necesitamos examinar de qué modo la ciencia y los valores humanos se entrelazan en el desarrollo de los propios conceptos de biodiversidad y de especie exótica. La colisión de las narrativas dominantes en estos dos temas acaba revelando incoherencias lógicas; es la paradoja con la que los ecólogos y los biólogos de la conservación han estado lidiando.

¿Es siempre buena la biodiversidad?
La noción de que «la biodiversidad es buena» se difundió como uno de los postulados del naciente campo de la biología de la conservación durante los años ochenta, y en la década posterior los estudiantes de ecología la aceptamos ciegamente. Pero el impulso por conservar la naturaleza en estado puro se remonta a mucho más atrás. Nuestro sentimiento de profundo vínculo con la naturaleza y su asombrosa variedad de formas vivientes nos empujó a aceptar y promulgar los argumentos acerca del valor que la biodiversidad tiene para el bienestar humano. Los apasionados alegatos a favor de la conservación de la vida silvestre de los colegas Norman Myers, Paul Ehrlich y Edward O. Wilson quedaron grabados a fuego en los manuales de biología de la conservación, sin dejar resquicio a la pregunta de si la biodiversidad es siempre buena y si la actividad humana es siempre perjudicial para su mantenimiento. La destrucción y la fragmentación de los hábitats, el cambio climático, la contaminación de los nutrientes y las especies invasoras son malas y nefastas, sin discusión. Si alguien ha hablado alguna vez sobre excepciones o matices, no ha elevado el tono de voz lo suficiente como para llegar a las aulas y a la siguiente generación de ecólogos y biólogos de la conservación.

En esta disciplina, el concepto de biodiversidad vino para asentarse en el centro mismo de las políticas de conservación adoptadas en todo el mundo. Hasta el año pasado, 196 países o entidades políticas habían ratificado el Convenio sobre la Diversidad Biológica, que entró en vigor en 1993. (Estados Unidos es un caso singular, pues ha firmado el convenio pero no lo ha ratificado.) El primer objetivo del convenio es sencillamente «la conservación de la diversidad biológica», meta que cada país ha perseguido de diversas maneras, quizá la más común de ellas otorgando protección legal a las especies en peligro.

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Puesto que la palabra biodiversidad no se generalizó hasta finales de los ochenta, los ecólogos también han andado enfrascados en la tarea más mundana de elaborar y calcular viejos y nuevos índices para cuantificarla. El más sencillo es la riqueza de especies: su número en un lugar y momento dados. Los índices de equidad (uniformidad) pretenden reflejar la idea de que, por ejemplo, una comunidad con dos especies igualmente abundantes es más diversa que otra en la que una sea dominante y la segunda muy escasa. Una tercera clase de índices persigue capturar la diversidad de los caracteres funcionales o filogenéticos, en virtud de la cual un bosque donde crezcan pinos y arces se considera más diverso que otro donde solo lo hagan dos especies de pino, o de arce. La riqueza de especies es el único baremo que ha sido descrito con la frecuencia suficiente y de una forma lo bastante armonizada como para posibilitar comparaciones generales entre regiones, hábitats, taxones o escalas de espacio y tiempo distintos.

Los índices cuantitativos de la biodiversidad poseen el útil atributo científico de no incorporar juicios de valor a priori acerca de las diversas especies según su origen geográfico. Si una especie autóctona desaparece y otra exótica se establece (o viceversa), la riqueza específica permanece inalterada. Estos cálculos exentos de valores contrastan marcadamente con la incorporación inequívoca de valores en el estudio y en las políticas de gestión de la biodiversidad, sobre todo en lo relativo a las especies exóticas. En su texto pionero, The ecology of invasions by animals and plants, Charles Elton marcó en 1958 la pauta para la biología de las invasiones que aún perdura hoy: «No son solo las bombas atómicas y la guerra las que nos amenazan... este libro trata sobre las explosiones ecológicas». Dicho de otro modo, las especies exóticas, introducidas desde un continente a otro, son «malas»; hay que impedir que se establezcan y, si lo hacen, hay que erradicarlas.

Una de las razones aducidas para considerar las especies introducidas como perjudiciales es que son una causa importante de pérdida de la biodiversidad. Las aves ápteras de Nueva Zelanda no solo eran presas propicias para los humanos, sino que las más menudas, como el kiwi, eran (y son) muy vulnerables a la depredación por ciertas especies introducidas, como la zarigüeya y la comadreja. La Ley de Conservación neozelandesa distingue entre las especies indígenas y las introducidas, y uno de sus objetivos es «controlar cualquier especie introducida que cause daños a una especie o hábitat autóctonos». De hecho, los humanos pueden ser considerados una especie exótica en Nueva Zelanda, responsables directa o indirectamente de la mayoría de las extinciones acaecidas en los últimos siglos, si no de todas. Pero como ya hemos visto, las especies exóticas contribuyen a la biodiversidad local y regional del archipiélago. Si el caso de Nueva Zelanda fuera inusual, podríamos considerarlo una excepción a la norma de que las especies foráneas merman la biodiversidad. Pero resulta que, en realidad, la historia de estas islas es bastante habitual.

A inicios del presente siglo, Dov Sax, ahora en la Universidad Brown, y sus colaboradores dieron a conocer datos que ponen en entredicho la visión predominante que impera sobre las especies exóticas y la biodiversidad. En los siglos precedentes, en que el impacto humano ha sido más profundo, islas remotas cuya extensión varía entre menos de 1 kilómetro cuadrado y más de 250.000 han experimentado cambios en su riqueza de especies que reflejan exactamente los hechos constatados en Nueva Zelanda. En el caso de las aves, por cada una de las muchas especies desaparecidas se ha establecido una nueva especie introducida. En cuanto a la flora, son muy pocas las plantas autóctonas que han desaparecido en tales islas y, en líneas generales, el número de especies introducidas y establecidas iguala al de las originales, doblando así el total. La riqueza de peces de agua dulce muestra un auge aún más acusado, pues con el tiempo se ha multiplicado por cuatro en las islas remotas. Los ecólogos están estudiando y debatiendo vivamente si dichos resultados implican una capacidad de carga estable en ciertos grupos (como las aves), un aperturismo general a la colonización en comunidades de otros grupos (como las plantas), o si los niveles actuales de diversidad son pasajeros, con futuras extinciones y colonizaciones que alterarán o revertirán los cambios netos presenciados hasta la fecha.

En algunos estados o cuencas hidrográficas de Estados Unidos (contemplados como áreas continentales, no como islas), los cambios en la riqueza de especies marchan en la misma dirección, si bien con una magnitud menor: no hay cambio neto en la avifauna, pero sí un aumento del 20 por ciento en la flora y los peces, en promedio. En 2009, Marten Winter, ahora en el Centro Alemán de Investigación Integradora de la Biodiversidad, y sus colaboradores describieron un incremento equiparable, del 20 al 25 por ciento, en la flora de los países europeos durante los últimos 500 años. Puesto que las extinciones regionales en esas áreas continentales raramente representan extinciones globales, no podemos reconciliar esta manifestación de la paradoja de la conservación de la biodiversidad invocando la dependencia de la escala de su cambio. El traslado e introducción de especies en nuevos puntos del globo conlleva a menudo un aumento de la diversidad regional, aun cuando la diversidad global se reduzca.

El saldo neto de las actividades humanas en los siglos precedentes parece haber sido en promedio un incremento o, como mínimo, ningún cambio en la riqueza de especies a escala regional. Si la biodiversidad es buena, esta noticia debería serlo también, pero difícilmente hallaremos un ecólogo que lo afirme. Así que, a la escala regional o local, quizá no sea realmente la biodiversidad en sí misma lo que valoramos.

El valor instrumental de la biodiversidad
Durante décadas, los historiadores ambientales y los biólogos de la conservación han estado debatiendo los motivos por los que apreciamos la naturaleza y la biodiversidad. Algunos valores son íntimamente personales, como el sentimiento de obligación moral de salvaguardar la vida o los lazos espirituales con la naturaleza. En su mayor parte, tales valores quedan fuera de la esfera de la ciencia, excepto en el sentido de que podríamos averiguar cuánta gente los comparte. Nada hay en el bosque con lo que podamos cuantificar su valor espiritual o moral.

Pero existen otros atributos mensurables que sí tienen un valor menos ambiguo para la humanidad, como la depuración del aire que respiramos o del agua que bebemos. A tales atributos se los denomina valores instrumentales. Uno de los ejes centrales de la investigación ecológica de los últimos 25 años ha girado en torno a la creación experimental de ecosistemas con diferente número de especies que después han sido objeto de ensayos para analizar la influencia de ese número en las funciones ecosistémicas, entre ellas la producción de biomasa vegetal o la eficiencia en el uso de los nutrientes. Dichas funciones influyen a su vez en la eficiencia de los servicios ecosistémicos, como la eliminación del carbono de la atmósfera y la reducción de la escorrentía superficial y del lixiviado de nutrientes del suelo (que acabarían en las masas de agua). En los años ochenta, a Paul y Anne Ehrlich les gustaba comparar las extinciones biológicas con la pérdida de remaches en un aeroplano: unos pocos no afectan en nada, pero demasiados acaban haciendo estrellar el aparato. Estos estudios ponen a prueba esa hipótesis.

Con suma frecuencia, la producción de biomasa y la eficiencia en el uso de los nutrientes aumentan cuando lo hace el número de especies que integran un ecosistema. La biodiversidad poten­cia la función ecosistémica, no en todos los experimentos, pero sí en la mayoría. Aparentemente, este efecto daría a los parti­darios de la conservación de la biodiversidad un argumento de peso: es preciso conservarla porque el bienestar humano depen­de de ella. Versiones de este argumento se han abierto camino hasta los documentos de innumerables entidades conservacionistas y ministerios de medioambiente de todo el mundo.

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Pero aguardemos un minuto. Ahora ya sabemos que en los siglos pasados las introducciones de especies exóticas más bien han propiciado el aumento de la biodiversidad regional, no un descenso. Y si más especies significan ecosistemas que funcionan mejor, entonces el balance neto de esas muchas introducciones y esas pocas extinciones de especies autóctonas debería ser una mejora de la función ecosistémica. Aquí el argumento de que la «biodiversidad es buena» entra en confrontación con el de que «las especies exóticas son malas», lo cual delata una incongruencia.

La biodiversidad a escala local
El examen del vínculo entre la biodiversidad y la función ecosistémica nos lleva a volver sobre el asunto de cómo depende la biodiversidad de la escala espacial. Los experimentos más exhaustivos y mejor conocidos sobre este tema han tenido como protagonistas a plantas pratenses, con parcelas experimentales de 100 metros cuadrados, a lo sumo. Esta escala suele considerarse local, varios órdenes de magnitud por debajo de la más diminuta de las islas contempladas en los estudios regionales reseñados. Por un lado, los biólogos de la conservación tachan de irrelevantes los resultados obtenidos en esas escalas mínimas a efectos de política o gestión, pues estos suelen competer a parques nacionales, regiones o incluso países enteros. En este caso, sin embargo, el vínculo causal entre la biodiversidad y la función ecosistémica implica interacciones a pequeña escala entre las plantas, por lo que las parcelas de estudio constituyen una escala absolutamente pertinente.

Por norma general, los individuos de una especie vegetal crecen más si sus vecinos inmediatos pertenecen a otras especies. El ejemplo arquetípico lo encarnan las gramíneas y las leguminosas fijadoras de nitrógeno, como los tréboles. Estas fijan el nitrógeno atmosférico gracias a la simbiosis con bacterias, por lo que prosperan en los suelos pobres en ese elemento, que además incorporan al ecosistema. Las gramíneas asimilan eficazmente el nitrógeno y crecen con vigor, pero pueden acabar agotándolo. Así, ambos tipos producen juntos más biomasa que por separado. En las praderas densas, las plantas crecen hacinadas, separadas por escasos centímetros. La gramínea se beneficia del trébol que brota junto a ella, pero no del que crezca a 100 metros. Las interacciones entre las ocupantes de las parcelas de pocos metros cuadrados ejercen un gran impacto en ambas especies.

Por consiguiente, los cambios de la biodiversidad a pequeña escala sí revisten relevancia en los problemas de conservación. La diversidad vegetal puede estar aumentando a escala regional, pero si las praderas o los bosques están sufriendo pérdidas netas en su biodiversidad local, entonces el funcionamiento de esos ecosistemas podría estar degradándose. Si los ecólogos pretenden trasladar al mundo real los resultados de sus experimentos sobre el efecto de la biodiversidad en ciertas funciones ecosistémicas, primero deberían contrastar la suposición generalizada de que la biodiversidad local va a la baja.

Una situación en que se hace evidente la pérdida de la biodiversidad local se da cuando la vegetación natural, como la de la selva tropical, deja paso a un monocultivo o a un aparcamiento. Pero si bien la agricultura es la principal culpable de la pérdida mundial de hábitats naturales, el vínculo entre el declive de la biodiversidad y los servicios ecosistémicos no es tan sencillo en este caso. La gente transforma la vegetación natural en campos de cultivo para maximizar uno de los servicios brindados por los ecosistemas: la producción de alimentos. La conversión del suelo en tierras agrícolas a veces se produce a expensas de un coste excesivo en otros servicios ecosistémicos, como la estabilización del suelo y la calidad del agua, por lo que la siembra de cultivos mixtos (que conllevan una mayor biodiversidad), en lugar de monocultivos, constituye una estrategia plausible para paliar tales costes. Pero ¿cómo podemos comparar el beneficio relativo de miles de quintales de maíz con el de un arroyo con menos nitrógeno? Cuando no se tiene nada que echar a la boca, el cereal prevalece; con el estómago lleno, tal vez la mejor estrategia sea proteger la selva. En resumidas cuentas, no se puede propugnar una afirmación general acerca de si los servicios ecosistémicos aumentan o disminuyen en conjunto cuando la selva se transforma en un campo de cultivo. Además, parece más probable que los cambios en la función y los servicios ecosistémicos deriven sobre todo de la roturación, de dejar en barbecho el campo cada año y del crecimiento de plantas anuales, en lugar de árboles centenarios, que de la variación de la biodiversidad en sí.

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Fuera de los campos agrícolas y de los aparcamientos, en los ecosistemas que no han experimentado una transformación drástica, los efectos de las especies introducidas, el calentamiento del clima y otros cambios ambientales que inciden en la biodiversidad son mucho más variables. Por ejemplo, en las praderas de California, el descenso de las lluvias parece haber causado el declive de la fitodiversidad local durante los últimos 15 años. En cambio, en los bosques de coníferas y en los bosques abiertos del sur de la isla de Vancouver la diversidad de la flora local aumentó entre 1968 y 2009: la creciente alteración asociada al desarrollo humano favoreció la colonización por especies adaptadas a las perturbaciones, tanto autóctonas como exóticas. Puesto que los experimentos que manipulan la biodiversidad no implican la transformación del hábitat, los datos aportados por el tipo de estudios que acabo de describir son sobre todo relevantes para evaluar los argumentos acerca de los vínculos causales reales de la biodiversidad con la función ecosistémica.

Durante el pasado lustro, varios metanálisis de gran entidad han sintetizado estudios como esos. En una serie superior a los 200 estudios que describían la riqueza de la flora terrestre en parcelas locales durante un período mínimo de cinco años, un grupo de investigadores observamos que no se había producido un cambio estadísticamente significativo en el número de especies a lo largo del tiempo. El mismo resultado ha sido referido por Maria Dornelas, de la Universidad de St. Andrews, y sus colaboradores a partir de 100 series cronológicas de riqueza específica y otros baremos de la biodiversidad en un abanico de hábitats terrestres y acuáticos repartidos por el planeta. Un estudio de Robin Elahi, de la Universidad Stanford, y colaboradores, centrado en los ecosistemas marinos costeros durante los últimos 50 años, halló un aumento medio neto de la riqueza local de especies en más de 400 series cronológicas, pero un descenso medio neto de esa medida en el subgrupo de estudios que analizó los impactos humanos más acusados, como la sedimentación y la contaminación. Todos esos trabajos revelan una variabilidad inmensa entre casos, pero sabemos muy poco acerca de las causas de esta variabilidad.

Los metanálisis sobre los cambios en la diversidad, basados en cientos de estudios y miles de puntos de muestreo, ponen en entredicho que la biodiversidad a escala local vaya a la baja. Los datos de partida tal vez se hayan obtenido con una representación desigual de las regiones geográficas o de los niveles de impacto humano. Lo mismo puede decirse, no obstante, de los experimentos que vinculan la biodiversidad con la función ecosistémica, que constituyen la otra mitad de la base científica sobre la que se sustenta el argumento de la conservación. En conjunto, los resultados aconsejan prudencia ante el riesgo de generalizar en exceso el argumento de que el declive de la biodiversidad natural es una causa importante de la degradación de los servicios ecosistémicos, un argumento que se sitúa en el centro mismo de las justificaciones tan aireadas en favor de la conservación de la misma.


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«La naturaleza aborrece el vacío»

Si bien algunos entendidos se extrañan de que el declive de la biodiversidad global no se asocie por norma al de la biodiversidad local, otros opinan que los resultados no son sorprendentes. Tomando prestada una expresión latina propia de la física, horror vacui, el famoso ecólogo Joseph Grinnell afirmó en 1924: «La naturaleza aborrece el vacío en el mundo animado tanto como en el inanimado». Quería transmitir la idea de que cuando surgen oportunidades ecológicas, como la derivada de la desaparición de una especie, otras no tardan en ocupar su hueco en el ecosistema. Sucede, por ejemplo, cuando se crean monocultivos: el esfuerzo que supone mantener a raya las malas hierbas es tremendo. Cuando a la biodiversidad se la presiona, la madre naturaleza casi siempre reacciona.

En términos más generales, la teoría y ciertos datos empíricos sustentan la idea de un estado casi estable en la biodiversidad local, con la tendencia a que a las desviaciones de dicho estado les siga el retorno a largo plazo. Por supuesto, un cambio ambiental puede alterar ese nivel estacionario, pero las predicciones pueden ir en cualquiera de ambas direcciones. Por ejemplo, en un bosque del este de Norteamérica se podría esperar que el calentamiento del clima aumentase la diversidad botánica (los bosques meridionales son más diversos que los septentrionales), mientras que la deposición antropogénica del nitrógeno favorece claramente la dominancia competitiva de una o pocas especies, hecho que provocaría el descenso de la biodiversidad local. Lejos de simplificar deliberadamente el ecosistema con la siembra de un campo de maíz o la construcción de un centro comercial, el cambio ambiental propiciado por la actividad humana puede empujar la biodiversidad local y regional en cualquiera de las dos direcciones.

El problema con la biodiversidad
Resulta perturbador cuando uno se percata de que la visión que tiene del mundo se tambalea; en mi caso tuve que asimilar pruebas que contradecían las ideas imperantes que se me impartieron hace más de veinte años sobre la biología de la conservación. La biodiversidad no está disminuyendo de forma generalizada en todas las escalas espaciales: los descensos en la escala global no suelen verse en la escala regional y solo ocurren en escenarios concretos en la escala local. Las actividades humanas no siempre van en detrimento de la biodiversidad: a veces sí, como en la transformación del bosque en cultivos, y a veces no, como cuando las especies exóticas duplican la riqueza florística de Nueva Zelanda y otras islas. Y las especies introducidas no son siempre dañinas, pues en ocasiones contribuyen notablemente tanto a la biodiversidad local y regional como a los servicios ecosistémicos, tales como la producción de alimentos o de maderas y fibras vegetales. Las gramíneas y las leguminosas que alimentan al ganado de Norteamérica proceden mayoritariamente de otros continentes (de Europa y Asia, sobre todo), al igual que el mismo ganado.

Volviendo a la paradoja de la conservación de la biodiversidad, ahora creo que tal vez su resolución no será posible si las definiciones científicas de la biodiversidad no consiguen captar lo que la gente realmente valora de la naturaleza. Si la biodiversidad se cuantifica de una forma objetiva como cierto aspecto de la variedad presente en una comunidad ecológica, entonces podría ser rica en un enclave al que se le podría haber asignado un escaso valor de conservación. En un viaje a Hawái recuerdo haber visto muchas aves en las tierras bajas, como cardenales norteños, tórtolas zenaidas y pinzones mexicanos, todas visitantes asiduas de mi jardín en Canadá y todas introducidas en el archipiélago desde otros lugares, lo que las convierte en parte del problema de conservación local. Pero si la biodiversidad se define como todo aquello que la gente aprecia de la naturaleza, en ese caso la ciencia no tiene nada que aportar a la cuestión de si tiene valor y de qué modo.

Para hablar claro, el argumento aquí no es que todo marcha bien en la ecología del planeta. Aunque se descubriese que la pérdida de la biodiversidad no es en sí misma una causa importante de la alteración de los servicios ecosistémicos, seguirían siendo muchas las amenazas graves que se ciernen sobre el ambiente. El número de habitantes del planeta y el consumo per cápita de los recursos se conjugan para hacer harto improbable que las generaciones venideras puedan gozar del mismo grado de bienestar que el actual. Este problema queda patente si repasamos las estadísticas de los recursos renovables y agotables; también se refleja en los impactos de la actividad humana, que se aprecian en las imágenes de la superficie terráquea captadas desde el espacio. La temperatura del planeta está aumentando, hecho que agrava la probabilidad de olas de calor, sequías e inundaciones costeras. Muchas de las consecuencias que esos cambios tendrán para la biosfera se traducirán para la humanidad en cosechas ruinosas, en capturas pesqueras depauperadas o en el franco deterioro de la depuración natural de las aguas.

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Lo que no está tan claro es si la biodiversidad, con su definición basada en criterios científicos, será un factor clave en arbitrar las consecuencias de los cambios globales para el bienestar humano. En las montañas situadas al norte de Vancouver, en la Columbia Británica, donde he vivido, las cuencas arboladas están protegidas porque abastecen de agua limpia a los habitantes de la ciudad. El bosque inalterado es esencial como fuente de esa agua depurada, pero parece improbable que el número de especies arbóreas sea tan importante. Después de todo, los bosques propios de la costa del estado presentan muy pocas.

Sospecho que los científicos albergan dudas más serias sobre la validez del argumento utilitarista en favor de la conservación de la biodiversidad que lo que sus escritos publicados dan a relucir. En su libro de 1996, The idea of biodiversity, David Takacs, entonces en la Universidad Cornell, entrevistó a destacados biólogos de la conservación y destapó una clara dicotomía entre las razones que los impulsaban a preocuparse por la biodiversidad y los motivos que esgrimían cuando pretendían convencer al prójimo. El impulso a menudo nacía de un amor por la naturaleza con claras raíces emocionales, por el cual, pongamos por caso, la pérdida de las aves endémicas de Nueva Zelanda nos entristecería profundamente. En cambio, a la hora de fomentar la conservación, sus entrevistados recurrían sobre todo al argumento utilitarista de que el empobrecimiento de la biodiversidad pondrá en peligro el bienestar del género humano, aunque no esté tan claro que la transformación de la biota de Nueva Zelanda merme ese bienestar.

En suma, el peso depositado sobre los hombros del concepto de la biodiversidad es excesivo, puesto que ha de representar todo lo que valoramos de la naturaleza y, al mismo tiempo, proveer un modo de cuantificar ese valor con sencillez y claridad. El concepto podría estar desmoronándose por su propio peso. Salvarlo podría requerir una delimitación más clara del papel de la ciencia en la conservación. Si, por ejemplo, una especie amenazada carece de un beneficio probado para el bienestar humano o siquiera indicios plausibles de ello, deberíamos reconocer con honestidad que la motivación para protegerla respondería a valores éticos. Es importante subrayar que tal honestidad pasa por admitir que la respuesta a la cuestión de lo que la sociedad debería hacer en una situación concreta (ante una especie en riesgo, en este caso) no le compete a la ciencia, por lo que los valores propios del científico no tendrían aquí más peso que los de cualquier otra persona. En cambio, los científicos tienen toda la legitimidad cuando se trata de impartir consejos destinados a lograr los objetivos de las políticas de conservación y de predecir las consecuencias de la actuación o la pasividad ante problemáticas diversas, como puedan ser la contaminación, el calentamiento global o el cambio en el uso del suelo.

En lo referente a la descripción o la predicción de las consecuencias del cambio ambiental provocado por la humanidad, creo que es posible salvaguardar la credibilidad científica si se mantienen los juicios de valor apartados de la cuantificación de la biodiversidad o, por lo menos, si se señalan a las claras aquellas conclusiones que incorporen tales juicios. Yo mismo he pecado de no recalcar las decisiones condicionadas por valores en mis estudios. En mi tesis doctoral, que versaba sobre la influencia de los usos agrícolas del suelo a lo largo de la historia sobre la flora forestal del estado de Nueva York, describí cambios en la biodiversidad, a pesar de que había excluido de forma intencionada las especies características de los campos abiertos, que probablemente se beneficiarían del cambio ambiental. Para un lector fortuito (la mayoría), me aseguré así de que todo tuviera el aspecto de una degradación generalizada de la biodiversidad, cuando en realidad la diversidad vegetal podría estar mostrando una respuesta distinta.

Creo que el ejemplo de mi tesis doctoral es representativo de numerosos estudios similares que, con la introducción de juicios de valor en los cálculos, han logrado que sus conclusiones justifiquen aparentemente los valores. Hoy calificaría el declive que observé en su día como una pérdida de plantas netamente forestales, no como un empobrecimiento de la diversidad general, a menos de que dispusiera de datos relativos a todas las especies presentes a lo largo del tiempo que evidenciaran un declive. De ese modo, habría mucha mayor transparencia en torno a los valores que se contemplan cuando se elabora cualquier práctica de conservación basada en esta investigación. Me preocupa que el saber convencional que fue rebatido por los estudios de Dov Sax y otros (pero que aún subsiste considerablemente) descansara en fundamentos consistentes en una extraña mezcla de valores humanos y datos.

En mi experiencia, cualquier resultado que se opone a la narrativa de la crisis de biodiversidad es recibido con un coro de réplicas que comienza con un «sí, pero...». Como ese escéptico profesional que todo científico debiera ser, creo que la ecología y la biología de la conservación se verían enormemente beneficiadas si esa actitud de «sí, pero...» la aplicáramos sistemáticamente no solo a los resultados que no encajan con nuestros valores personales, sino también a aquellos que coinciden con ellos. Yo, desde luego, ya he comenzado a hacerlo.

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