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Doug Perrine, Getty Images

La carpita dorada (Notemigonus crysoleucas) hace gala de exhibiciones de natación sincronizada que impresionarían al juez olímpico más severo. La habilidad de las carpitas y de otros peces para cambiar de dirección al unísono viene intrigando desde hace tiempo a los científicos, quienes han ideado métodos para describir con términos matemáticos el movimiento de los bancos. Pero en estas aproximaciones tienden a realizarse simplificaciones que no tienen en cuenta toda la información sensorial que el pez procesa en tiempo real.

Para hacerse una mejor idea del comportamiento de los peces, el biólogo de la Universidad de Princeton Iain Couzin y sus colaboradores idearon un método para que las carpitas se movieran en tropel en el momento oportuno. Primero enseñaron a un puñado de individuos a nadar hacia una luz verde para obtener alimento; después los introdujeron en un grupo más grande. Al encender la luz, los peces entrenados se dirigían hacia ella y desencadenaban una serie de reacciones en los demás compañeros del cardumen, que acababan siguiendo a los líderes.

El equipo de Couzin filmó la acción con una cámara de alta velocidad, lo que permitió acotar el campo visual de cada pez a partir de su ubicación y posición de la cabeza. Los investigadores explican en Current Biology que, en contra de lo que se supone a menudo, cada pez decide adónde ir según la dirección que toman en promedio los compañeros que se hallan dentro de su campo visual, no la que adquieren sus vecinos inmediatos.

«Averiguamos el momento exacto en que un pez comenzaba a nadar hacia la luz y comprobamos que respondía a una parte de los individuos que él veía en movimiento», explica Couzin.

Mientras tanto, otros investigadores intentan conocer qué impulsa a algunos peces a formar bancos. El equipo de Katie Peichel, bióloga del Centro de Investigación del Cáncer Fred Hutchinson, en Seattle, ha descubierto que la formación de cardúmenes en el espinosillo (Gasterosteus aculeatus) depende de una conducta vinculada como mínimo a dos grupos de genes. Los expertos describieron en Current Biology que un grupo de genes controla la propensión del pez a formar grandes bancos, mientras que el otro influye en su aptitud para nadar en formación, en sincronía con sus vecinos.

Juntos, los rasgos de conducta y las capacidades sensoriales permiten a los peces gregarios ejecutar sorprendentes maniobras para eludir a los depredadores. «Nadar en bancos les hace percibir el mundo de un modo distinto», asegura Couzin.

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