Construir el mundo de dentro afuera

El cerebro sondea el entorno físico y selecciona solo la información necesaria para sobrevivir y prosperar.

[Islenia Milien]

En síntesis

Según una antigua idea que ha perdurado hasta nuestros días, el cerebro es como un lienzo en blanco donde se inscribe la experiencia que adquirimos del mundo exterior.

Varios neurocientíficos la cuestionan y plantean, en cambio, que el cerebro aprende de dentro afuera, es decir, relaciona la propia actividad neuronal con la información que le llega del exterior.

Los experimentos están confirmando esa teoría al demostrar que los estímulos del entorno no cambian el modo en que se activan las redes de neuronas. En lugar de ello, los estímulos se emparejan con las trayectorias neuronales preexistentes en el cerebro, lo cual contribuye al aprendizaje.

Cuando de joven impartía seminarios para estudiantes de medicina, enseñaba neurofisiología siguiendo denforma escrupulosa las normas establecidas. Explicaba con entusiasmo el modo en que el cerebro percibe el mundony controla el cuerpo: los estímulos sensoriales procedentes de los ojos, los oídos y demás se convierten en señales eléctricas que se transmiten a las zonas específicas de la corteza sensorial encargadas de procesar esta información e inducir la percepción. Para iniciar un movimiento, los impulsos de la corteza motora ordenan a las neuronas de la médula espinal que produzcan contracciones musculares.

La mayoría de los estudiantes se conformaban con mis explicaciones, sacadas del libro de texto, acerca de los mecanismos cerebrales de recepción y emisión de señales. Pero una minoría —los perspicaces— siempre hacían más de una pregunta incómoda. «¿En qué lugar del cerebro tiene lugar la percepción?» «¿Qué inicia el movimiento de un dedo antes de que se activen las células de la corteza motora?» Siempre despachaba esas preguntas con una respuesta simple: «Todo esto sucede en la neocorteza». A continuación, cambiaba hábilmente de tema o añadía algunos términos en latín que mis estudiantes no entendían pero que parecían lo bastante científicos como para que mis  explicaciones, revestidas de una pátina de autoridad, los satisficieran durante un tiempo.

Al igual que otros jóvenes investigadores, empecé mis estudios sobre el cerebro sin preocuparme mucho sobre si ese marco teórico de percepción-acción era cierto o falso. Durante muchos años tuve suficiente con mis propios progresos y con los espectaculares descubrimientos que gradualmente dieron lugar a lo que se denominó, en la década de 1960, el campo de la «neurociencia». Sin embargo, mi incapacidad para proporcionar respuestas satisfactorias a las legítimas preguntas de mis estudiantes me ha perseguido desde entonces. Tuve que lidiar con la dificultad de intentar explicar algo que en realidad no entendía.

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