Plantas lunares

Las semillas sembradas en muestras de regolito lunar germinan, pero no prosperan.

Ejemplares de Arabidopsis plantados en suelo lunar simulado. [UF/IFAS/TYLER JONES]

Al laboratorio de Robert Ferl llegó una sencilla caja de UPS con doce gramos de material lunar. Ferl, experto en horticultura de la Universidad de Florida, llevaba más de un decenio esperando ese momento. La pequeña caja con timbre de la NASA contenía algunas de las últimas muestras selladas de polvo lunar, o regolito, recogidas por los astronautas de las misiones Apolo. Ferl aún recuerda cómo le temblaban las manos cuando las cogió, a pesar de que había estado meses practicando. «Resulta extraño y da miedo», comparte. «¿Qué pasa si se te caen?» Ferl y su equipo estaban a punto de convertirse en los primeros investigadores en cultivar plantas en suelo lunar real.

El experimento se enmarca en el auge de la investigación lunar impulsado por el programa Artemisa de la NASA, que pretende enviar seres humanos a nuestro satélite a lo largo de esta década. El objetivo es crear allí un puesto avanzado, a modo de ensayo general para futuros viajes a Marte. Y los científicos prevén que esas misiones más largas requerirán una fuente sostenible de alimentos. «Toda la exploración humana se ha basado en la capacidad de mantener alimentadas a las tripulaciones», subraya Gil Cauthorn, científico de la Iniciativa Internacional de Investigación en Astrobotánica que trabaja en Osaka.

El reciente trabajo de Ferl, que se ha publicado en Communications Biology, supone un importante primer paso en esa dirección y demuestra que las plantas pueden crecer en el suelo lunar. Sin embargo, las plántulas no llegaron a prosperar, lo que indica que los futuros agricultores lunares deberán fertilizar el regolito.

Para poner a prueba el suelo lunar, Ferl y su equipo dividieron las muestras en 12 macetas de 900 miligramos cada una y plantaron en ellas semillas de Arabidopsis thaliana, una especie resistente de la misma familia que la mostaza y la col. Todas germinaron con éxito, pero las plántulas tuvieron dificultades en la siguiente fase de crecimiento: la creación de un sistema radicular sano. Los brotes crecían con lentitud y mostraban evidentes signos de estrés, no solo por el elevado nivel de sal y metales del regolito, sino también por su falta de agua y microbios.

Los microbios son componentes muy importantes de cualquier suelo dedicado al cultivo de plantas. «Desempeñan un papel fundamental», apunta Gretchen North, ecóloga especializada en fisiología vegetal del Colegio Occidental de Los Ángeles ajena al estudio. Las bacterias simbióticas ayudan a las plantas a regular las hormonas del crecimiento, combatir los patógenos, minimizar el estrés ambiental y absorber nutrientes esenciales como el nitrógeno. Sin embargo, el regolito lunar carece de un microbioma natural, por lo que las plantas tuvieron problemas para captar los nutrientes y gestionar el estrés.

Además, el regolito puede volverse tan denso como el cemento cuando se le añade agua. «Es difícil lograr que ese material no se convierta en roca», repara Cauthorn, que tampoco participó en el nuevo estudio.

Añadir nutrientes o compost para promover la proliferación de microbios podría mejorar las expectativas de las plantas. Y North, que ha estudiado el crecimiento vegetal en condiciones marcianas simuladas, sospecha que la superficie de la Luna es más fértil que el suelo del planeta rojo. Y es que el regolito marciano está repleto de perclorato, un compuesto oxidante que puede ser perjudicial para plantas y animales.

Ferl espera seguir estudiando cómo podría arraigar la vida en los estériles suelos extraterrestres, con miras a impulsar las perspectivas de la humanidad fuera de la Tierra y a mejorar la agricultura en los suelos con poca agua y nutrientes de nuestro planeta. De momento, él y sus colegas se sienten agradecidos por poder experimentar con una de las pocas muestras de suelo lunar que tenemos. «Para nosotros ha sido, y sigue siendo, un auténtico privilegio», asegura.

Una versión de este artículo apareció publicada en la sección de Actualidad científica el 9 de junio de 2022.

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