Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

1 de Julio de 2015
Reseña

A vueltas con las dos culturas

Las sinergias entre ciencias y humanidades.

HUMANIDADES E INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA. UNA PROPUESTA NECESARIA.
Coordinado por Norbert Bilbeny y Joan Guàrdia. Publicaciones y Ediciones de la Universidad de Barcelona, Barcelona, 2015.

El libro de C. P. Snow Las dos culturas denunciaba la excesiva separación entre ciencias y humanidades. Esta constatación implicaba que en algún momento la cultura fue una. Pero la necesaria especialización condujo a la escisión. La denuncia valía también como llamada a una tarea: la reintegración, o al menos la comunicación, entre las dos culturas. En esta labor se empeña el libro Humanidades e investigación científica, coordinado por Norbert Bilbeny y Joan Guàrdia, de la Universidad de Barcelona.

Este libro coral se originó en un curso de verano celebrado en 2011 bajo el rótulo de Presente y futuro de las humanidades. La mayoría de las aportaciones resultan de interés para un público amplio, están escritas con claridad y espíritu divulgativo, al tiempo que mantienen el tono de rigor académico. Por otro lado, el contenido es un tanto desigual.

Lo que conecta todos los capítulos es la convicción de que ciencias y humanidades están llamadas —¿condenadas?— a entenderse. Las palabras clave son sinergia y fecundación. Las ciencias y las humanidades han de fecundarse mutuamente, han de establecer sinergias. Los términos que deben evitarse son mezcolanza, pseudo-ciencias y pseudo-humanidades. No se trata de ignorar ahora precipitadamente las diferencias.

A veces el libro transmite la idea de que las ciencias básicas y las humanidades están siendo presupuestariamente maltratadas: «Es manifiesto que los fondos y los programas dedicados a las ciencias teóricas y a las humanidades decrecen en comparación con los destinados a la ciencia experimental y al saber, en todo caso, de inmediata utilidad y rentabilidad». Es perfectamente legítimo que científicos y humanistas formen un lobby ante tal situación. Pero, junto a estos motivos para la convergencia, están también las justas razones. La colaboración entre ciencias y humanidades favorecerá, según los autores, el bienestar de las personas y el respeto a la dignidad humana.

Recoge el texto dos tipos de capítulos. Unos ofrecen puentes entre ciencias y humanidades; otros se ocupan de alguna de las disciplinas que no encajan bien en esa dicotomía. En el primer grupo militan los capítulos más filosóficos. Así, el propio Bilbeny descubre que la curiosidad y la admiración han funcionado como motor tanto de las ciencias como de las humanidades. Apela a los textos de Aristóteles sobre la admiración y el asombro como emociones estéticas y epistémicas que nos impulsan en todos los terrenos del saber. De tenor filosófico es también el capítulo de Manuel Cruz. Nos habla del oficio de filósofo y de las aportaciones que puede hacer al bien común. Una de ellas consiste en ejercer como puente entre ciencias y letras o, más bien, entre realidad y lenguaje. Aún en el terreno de lo filosófico, encontramos el capítulo de Daniel Innerarity. Se inspira en la tradición hermenéutica, cuyas categorías nos ofrece como mediación. Es más, su posición se radicaliza cuando afirma que todo es hermenéutica, todo es interpretación. De ese modo, la distinción entre letras y ciencias quedaría superada. En mi opinión, la posición de Innerarity es excesivamente relativista, pues, junto al concepto de verdad como «experiencia interpretativa», se requiere, tanto en ciencias como en letras, un concepto de verdad como correspondencia.

Es, a su modo, también filosófico el capítulo de David Jou, uno de los más profundos y lúcidos del libro. Entiende que la sabiduría integra y supera la información que viene de las ciencias y las humanidades, la convierte en conocimiento, y, con este, orienta correctamente la acción humana. La sabiduría, fruto de la experiencia vivencial, extrae de los simples datos orientación, sensatez y sentido. Jou hace, además, una advertencia que tiene que ver con la llamada tercera cultura. Esta tercera vía fracasa si se entiende como una cultura en la que las preguntas son tomadas de las humanidades y las respuestas de las ciencias.

El capítulo de Ramón Alcoberro nos habla de tecnoética; en primer lugar de sus clásicos, como Ellul o Jonas, y después de la tecnoética contemporánea: «el futuro de la libertad humana depende de la capacidad de la tecnoética para [...] repensar la autonomía en las sociedades de la conectividad».

El segundo tipo de capítulos están centrados en disciplinas que no encajan en la dicotomía ciencias-humanidades. El caso más obvio es el de las ciencias humanas. La posición de las mismas es abordada por Genoveva Martí. En esta clave podemos citar también el capítulo de Nolasc Acarín, donde se describe la especial posición de la medicina. Por un lado es ciencia aplicada, por otro es oficio humanista. El autor pide que se entienda, pues, su texto como «un comentario ordenado sobre la vertiente humanística del ejercicio de la medicina».

La economía también nada entre ciencias y humanidades. Según Antonio Arrieta, el enfoque humanista tiene una función importante en la investigación económica. Aunque este papel haya sido olvidado en algún momento, bajo la influencia del marxismo —«Marx simplemente trata a las personas como miembros de una clase social [...] sin tener en cuenta a los individuos como tales»— o del neoliberalismo. Óscar Dejuán aboga por «humanizar la ciencia económica para que cumpla mejor la función social», en la senda abierta por Amartya Sen.

Tampoco las ciencias del diseño encuentran acomodo en la dicotomía humanidades-ciencias. Existe un «modo de investigación que es propio y característico de las Bellas Artes y del Diseño», nos dicen Anna Calvera y M. Dolors Tapias. Esta observación añade complejidad al planteamiento del libro, pues en el polo humanístico se van acumulando cuasi-sinónimos que aportan distintas connotaciones: humanidades, letras, artes.

La conexión entre lo artístico y lo humanístico da pie a José Esteve para reflexionar sobre la posición del derecho. Fue en sus inicios disciplina humanista. Después, en consonancia con la Ilustración y el positivismo, quiso acogerse a la certeza científica. Pero hoy sabemos que la ciencia convive con la incertidumbre. En estas condiciones, el derecho acude actualmente al principio de precaución, lo cual es interpretado por el autor como una nueva apelación a la ciencia, ahora como cálculo de riesgos. Creo que en este aspecto malinterpreta el principio, que tiene más que ver con la prudencia que con la ciencia. Pero, siguiendo su argumento, el autor aboga por una vuelta del derecho a sus raíces humanistas, esta vez de la mano de la literatura.

Históricamente muchos han sido los literatos que han recibido influencias de la ciencia y muchas las ciencias beneficiadas por la imaginación literaria. El capítulo de Marisa Siguan ofrece un buen elenco de ejemplos.

También la autoimagen de la psicología ha ido oscilando. Al principio se veía como una de las humanidades; después se identificó, al menos en los métodos de investigación, con las ciencias sociales; y más tarde con las ciencias de la salud, especialmente en cuanto al ejercicio de la profesión. En la actualidad, según Joan Guàrdia, todos estos aspectos tienden a coordinarse en una psicología poliparadigmática.

La cara histórica de la relación entre ciencias y humanidades es abordada por Carles Mancho. Se fija especialmente en la historia del arte. Extrae de las conexiones registradas algunas indicaciones de carácter pedagógico, que también se hallan presentes, por otra parte, en un buen número de capítulos. Coinciden en lo inapropiado de una especialización demasiado temprana.

Ya hacia el final del libro aparecen dos capítulos, uno dedicado a la conexión que la genética plantea entre sus bases biológicas y sus implicaciones para la vida de las personas, y otro centrado en la idea de tiempo, presente tanto en ciencias como en humanidades. El primero está escrito por Gemma Marfany y el segundo por Javier Tejada.

Por último, merece mención aparte el capítulo de David Bueno, pues ofrece un marco teórico global para el resto del libro. Aclara qué ha de entenderse por ciencias y por humanidades, detecta los riesgos de una mala conexión entre ambas y propone las ideas de fertilización y sinergia. Ofrece, además, un sentido para esta sinergia: «contribuir al bienestar y a la dignidad humanos».

El balance, en suma, resulta positivo. El lector puede asomarse a la procelosa panorámica de la interdisciplinariedad de la mano de una pléyade de capítulos en general muy claros y rigurosos.

Puedes obtener el artículo en...

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.