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  • Octubre 2015Nº 469
Libros

Reseña

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La Tierra

Descubrimiento de un largo pasado.

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EARTH'S DEEP HISTORY. HOW IT WAS DISCOVERED AND WHY IT MATTERS
Por Martin J. S. Rudwick. The University of Chicago Press, Chicago, 2015.

Martin Rudwick puede considerarse maestro de historiadores de las ciencias de la Tierra. Profesor emérito de historia en la Universidad de California en San Diego, vinculado también al departamento de historia y filosofía de la Universidad de Cambridge, de su copiosa obra recordemos Bursting the limits of time: The reconstruction of geohistory in the age of revolution y Worlds before Adam: The reconstruction of geohistory in the age of Reform. En el título de reseña, el lector encontrará su pensamiento decantado en un lenguaje asequible sin excursos ni academicismos para iniciados. Además, es un texto valiente, libre de prejuicios y de sumo interés en un tiempo en que la intervención humana amenaza con cambiar el curso de la evolución terrestre.

Al pensar en las ideas sobre la antigüedad de la Tierra, inevitablemente nos viene a la mente James Ussher, quien, en el siglo XVII, fechó la edad de la creación del mundo en el año 4004 a.C. La exposición, habitual por entonces, de quien fuera arzobispo y protegido del rey JacoboI de Inglaterra (y VI de Escocia), recibió ya oportunas críticas en los siglos XVIII y XIX, cuando se empezaron a estudiar rocas y fósiles, montañas y volcanes, considerados archivos naturales de la historia de la Tierra. Opuesto a la tesis fundamentalista del creacionismo, Rudwick rechaza de plano la presentación arraigada de esa historia como un conflicto entre religión y ciencia, y demuestra que la explicación que la geología moderna da de la historia profunda de la Tierra hunde sus raíces en la cultura judeocristiana.

Sostenía Sigmund Freud que se dieron tres grandes revoluciones que transformaron el significado de la presencia del hombre en el mundo. La primera había desalojado a la Tierra del centro del universo, convirtiéndola en un planeta más, en órbita alrededor de una estrella común. La segunda revolución había integrado a nuestra especie en el resto del mundo animal, entre los primates, perdiendo la condición de creación especial de Dios. La tercera nos despojó de la racionalidad para poner en primer plano las fantasías subconscientes. Cada cambio portaba asociado un nombre: Copérnico, Darwin y Freud.

Stephen Jay Gould añadió a la lista una cuarta revolución, segunda en orden histórico: la extensión de la escala temporal de la Tierra y la dilatación astronómica de la escala espacial del universo. Buena parte de ese tiempo profundo descubierto antecedió a la presencia humana. La secuencia de un período no humano, seguido por un período humano, confería a nuestro planeta un carácter histórico. La naturaleza tenía su propia historia sin la presencia del hombre. Rudwick reconstruye esa historia profunda de la Tierra y del lugar que ocupa el hombre en la misma, consciente de que la historia humana, y no la física o la astronomía, se convirtieron en el modelo para trazar la historia de la naturaleza. La Tierra no estaba programada de suerte tal que su pasado y su futuro se hallaran plenamente determinados, dadas unas condiciones iniciales y las leyes inmutables de la naturaleza. Se mantenía, por supuesto, que las partes componentes de la naturaleza terrestre operaban de acuerdo con leyes universales y fijas.

En la edad de la revolución científica, de Galileo y Newton, era opinión aceptada que la humanidad tenía la misma edad que la Tierra. Ni el cosmos ni el propio tiempo eran mucho más antiguos que el hombre. Parecía de sentido común que el mundo tuvo que haber sido un mundo humano, aparte del breve preludio en el que se pusieron las condiciones para la presencia del hombre. Se admitía sin discusión el relato del Génesis sobre la creación de un mundo preparado para el advenimiento del hombre. Cuando los historiadores del siglo XVII calcularon que la semana de la creación había comenzado con un día específico del año 4004 a.C., la fecha podía ser cuestionada, y, de hecho, lo fue, pero la precisión ansiada, no. Pero Ussher no era un fundamentalista protestante al estilo del creacionismo actual, sino un estudioso riguroso que se desenvolvía de acuerdo con los parámetros de la ciencia de su tiempo. Se ocupaba de la cronología, ciencia que se proponía construir una historia del mundo exacta, compilada a partir de los textos disponibles, sagrados y seculares, que incluía registros de fenómenos naturales (eclipses, cometas y «nuevas estrellas» o supernovas).

Ussher manejó fuentes hebreas, griegas y latinas. Le había precedido en la tarea Joseph Scaliger, quien agregó fuentes árabes. No se habían descifrado todavía los jeroglíficos egipcios. De esa variopinta colección de fuentes obtuvieron un repertorio de datos multiculturales y multilingüísticos. La propuesta de Ussher de señalar el año 4004 a.C. como el origen del mundo era una más entre muchísimas, que se movieron entre 4103 y 3928 a.C. Scaliger lo había fijado en 3949 a.C., e Isaac Newton en 3988 a.C. Lo mismo que otros cronólogos, Ussher subdividió los milenios en épocas y estas en edades o períodos.

El Diluvio Universal se consideraba un hecho histórico incontrovertible. De acuerdo con los cálculos de los cronólogos hubo de suceder entre un milenio y 500 años desde la aparición del hombre. En el arca se habían refugiado Noé y su familia; por eso interesaba, y mucho, lo que le sucedió a la humanidad antes de ese episodio. Entre los muchos autores que analizaron y comentaron el Diluvio destacó Athanasius Kircher, cuyo famoso Mundus Subterraneus, publicado en 1668, describía la Tierra como un sistema complejo y dinámico, aunque no producto de la historia. Suponía que los fenómenos superficiales (los volcanes) estaban relacionados con estructuras del interior del planeta. En su Arca de Noé, aparecida en 1675, Kircher analizó el Diluvio mediante un examen exhaustivo de todas las fuentes disponibles. Calculó hasta cuánta agua fue necesaria para subir por doquier el nivel de las aguas. Conjeturó que la distribución de continentes y océanos pudo haber sido distinta antes del Diluvio.

La propia naturaleza había construido sus propios objetos, distintos de los artefactos humanos. Así, las conchas que aparecían a veces en lo alto de un monte. Para los eruditos de la revolución científica esas conchas indicaban que en otro tiempo el mar se extendía mucho más lejos de los límites actuales. Y eso solo pudo ser, pensaron, con el Diluvio.

El caso de los fósiles resultaba ilustrativo. El término no solo aludía, en el siglo XVII, a los organismos fosilizados, sino a multitud de objetos enterrados y sacados a la luz. Los fósiles que llenaban los anaqueles de los gabinetes de los naturalistas abarcaban una mezcolanza heterogénea de objetos: desde cristales de cuarzo y otros minerales en un extremo del espectro hasta conchas marinas, en el otro, pasando por objetos que guardaban parecido con plantas, animales o partes de ellos. Creíase que existía una estrecha analogía entre el mundo inorgánico y el vivo. El mundo inerte producía a veces figuras caprichosas que nunca se pensó correspondieran a seres antaño vivos.

Dos de tales estudiosos, cuyos trabajos sobre los fósiles marcaron el camino, fueron Nils Stensen y Robert Hooke. En 1667 Stensen publicó un breve informe sobre su disección de la cabeza de tiburón. En la disertación incluía una digresión sobre fósiles glossopetrae, objetos en forma de lengua —de ahí el nombre—, semejantes a los dientes de tiburón, pero mucho mayores. Eran de piedra y se hallaban incrustados en la roca. Publicó un esbozo de un tratado sobre fósiles (Prodromus, 1669). Pese a tan breves escritos, sus ideas fueron debatidas en toda Europa. Llegaba a las mismas conclusiones expuestas por Hooke en su Micrographia (1665). Ambos concedieron naturaleza orgánica a los fósiles. La naturaleza no hace nada en vano y, por tanto, los objetos que posibilitaron la vida de tiburones, bivalvos o árboles no fueron formados por la naturaleza para terminar englobados en una roca. Para rechazar que hubiera analogía entre lo inorgánico y lo orgánico, Stensen analizó el desarrollo de un diente de tiburón y el de un cristal.

Ni las glossopetrae descritas por Stensen ni los ammonites analizados por Hooke les llevaron a cuestionar la escala del tiempo del planeta que daban por cierta entonces los académicos dedicados a la cronología. Tampoco pusieron en duda que casi todo ese intervalo de tiempo había sido historia humana. Stensen utilizó rocas y fósiles para reconstruir una secuencia histórica de acontecimientos naturales. Los ajustó al relato del Génesis y del Diluvio. En las colinas de los alrededores de Volterra observó dos conjuntos de rocas bien distintos: uno sobre otro; cada conjunto constaba de varios estratos horizontales en unos tramos e inclinados verticalmente en otros. De ello dedujo que, en el pasado, se habían ido depositando lechos horizontales uno sobre otro, aunque más tarde, en determinados sitios, colapsarían y darían origen a la configuración inclinada. El conjunto superior contenía conchas fósiles; el conjunto inferior, obviamente más antiguo, carecía de fósiles. Por tanto, dedujo, el conjunto inferior procedía del tiempo de la Creación, cuando no había seres vivos, mientras que el superior procedía de un período posterior, probablemente del tiempo del Diluvio. El relato bíblico concordaba con lo observado en la naturaleza.

La inmensa escala temporal de la Tierra no podía ser apreciada en sus justos términos estudiando los fósiles en el gabinete y mucho menos con la información libresca. La posibilidad de una historia altamente extendida de la Tierra, casi toda ella prehumana, resultaba más convincente para aquellos naturalistas que habían visto por sí mismos, en el campo, el escalonamiento de estratos de formaciones rocosas y el tamaño de los grandes volcanes. Coincidía con que a finales del siglo XVIII muchos Gobiernos de Europa fundaron academias de minas para la formación de personal experto en beneficio de los metales. Se necesitaba conocer la estructura de las rocas subyacentes para abrir nuevas minas o soterrar los pozos explotados. A ese saber se le llamó geognosia. Abraham Werner, profesor de la Academia de Minería de Freiberg, publicó en 1787 una Breve clasificación y descripción de las diferentes especies de rocas. Se proponía poner orden en un mundo disperso y heteróclito.

Los volcanes constituían otro fenómeno natural con el que había que enfrentarse en el trabajo de campo. William Hamilton hablaba de series de erupciones volcánicas del Vesubio y del Etna de tiempos antiquísimos, cuyos elevados conos de cenizas y ríos de lava se fundaban sobre rocas mucho más antiguas. Sin duda, la historia de la Tierra se prolongaba muy atrás en el tiempo. Razonamiento que recibió un sólido espaldarazo con el descubrimiento, por Nicolas Desmarest, de volcanes extintos en el Macizo Central de Francia. Werner y Desmarest aparecen como antagonistas en una controversia clásica entre neptunistas y vulcanistas, recogida en todos los manuales.

A las clases de Buckland en Oxford asistió Charles Lyell. Comenzó publicando artículos en Quarterly Review sobre los descubrimientos recientes de los geólogos. Se sintió seducido por la tesis de John Playfair sobre la fuerza de las causas y procesos actuales para explicar la conformación de la Tierra a lo largo de la historia. Pensaba que Cuvier, a quien admiraba, se había precipitado al prescindir de esa explicación para dar cuenta de las extinciones en masa y otras grandes revoluciones súbitas del pasado. Visitó Francia, Italia y España —aunque Rudwick omite este último— para estudiar volcanes extintos. En nuestra patria recorrió la zona volcánica de Olot. De vuelta a Inglaterra escribió su obra imponente en tres volúmenes, Principles of Geology (1830-33). Propone un sistema explicativo basado en la uniformidad absoluta, sin tendencias direccionales ni catástrofes excepcionales. El modelo de Lyell ejerció una poderosa influencia en Charles Darwin, quien, como es sabido, dio sus primeros pasos naturalistas en el campo de la geología.

Los geólogos del siglo XIX realizaron progresos espectaculares en la reconstrucción de la historia de la Tierra. John Phillips compendió ese saber en su «Geological scale of time», publicada en su Life on the Earth (1860). Distinguía entre períodos, sistemas y organismos (life) correspondientes. Tres eran los períodos: Paleozoico, Mesozoico y Cenozoico. Los sistemas del Paleozoico se escalonaban, de abajo arriba, en Cámbrico-Silúrico, Devónico, Carbonífero y Pérmico; en ese período habitaron invertebrados, plantas terrestres, peces y reptiles. Tres sistemas cubrieron el Mesozoico, donde aparecen los mamíferos marsupiales: Triásico, Oolítico y Cretácico. Por último, en el Cenozoico llegan los mamíferos placentarios y, por fin, el hombre, este durante el último sistema, el Pleistoceno, que vino precedido por el Eoceno, el Mioceno y el Plioceno. La Tierra tendría, para Phillips, 90 millones de años.

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