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En «El rompecabezas del origen humano» [Investigación y Ciencia, noviembre de 2020], Kate Wong afirma que «la hibridación interespecífica pudo contribuir al éxito de H. sapiens». Pero este razonamiento parece endeble, ya que, por el mismo motivo, el éxito evolutivo podría también haberse decantado por otra de las especies con que hibridó la nuestra; en particular, por H. neanderthalensis. Como consecuencia, habría que buscar la explicación de nuestro éxito en alguna causa intraespecífica, en algún rasgo clave que haya diferenciado a H. sapiens de otros humanos.

Dice José Luis Pinillos en Principios de psicología que «la insólita expansión cefálica experimentada por los homínidos [...] parece haberse hecho sentir más en los lóbulos frontales, que son los que, a juicio de los paleoantropólogos, definitivamente separan o demarcan al hombre de Cromañón de su cercano pariente de Neandertal». La mayor protuberancia de los lóbulos frontales de H. sapiens implica una ampliación de la zona de la neocorteza que los recubre, que es la que interviene en el pensamiento ejecutivo, marcarse fines y planificar. Esto sí pudo suponer una ventaja adaptativa de nuestra especie con respecto a otras especies humanas ya extintas, como ejemplifican técnicas de caza: mientras que H. neanderthalensis utilizaba lanzas de madera, con las que era preciso acercarse a la pieza para cazarla, H. sapiens inventó el lanzador de azagayas, que permitía la caza a distancia y una mayor eficacia en la obtención de alimento. Tales cambios contribuyeron sin duda a la pervivencia de nuestra especie. Es este pensamiento creativo el instrumento que ha llevado al hombre hasta la Luna.

José Enrique García Pascua
Torrecaballeros, Segovia

 

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