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1 de Octubre de 2012
Agricultura

La gestión ecológica de los suelos agrícolas

Las estrategias que mejoran la función biológica del suelo contribuyen a maximizar los servicios ambientales de los cultivos y a mantener su productividad a largo plazo.

CORTESÍA DE JOAN ROMANYÀ

En síntesis

La agricultura ecológica, que se sirve de los recursos locales y del trabajo artesanal, potencia los procesos naturales para promover la producción de alimentos de calidad.

La mejora de la calidad del suelo y el reciclaje de los nutrientes esenciales para los cultivos en el sistema suelo-planta constituye la base de este modelo de gestión, que intenta sostener la productividad agrícola a largo plazo mediante estrategias que favorezcan la estructuración y la función biológica del suelo.

Asimismo, la agricultura ecológica ejerce un impacto ambiental reducido y contribuye a la mitigación del cambio climático y a la lucha contra la desertización.

El suelo representa un recurso esencial en agricultura. Lejos de ser una capa residual y estática, un mero soporte para las plantas, constituye un ecosistema complejo y dinámico donde tienen lugar numerosos procesos físicos, químicos y biológicos. De ellos dependen la fertilidad y la estructura del suelo y, en última instancia, la productividad de los cultivos.

Debido al empleo de abonos inorgánicos y plaguicidas, la agricultura intensiva ha aumentado de modo notable el rendimiento de las cosechas. Sin embargo, también ha generado numerosos problemas ambientales. En las últimas décadas, como resultado de la intensificación agrícola y del cambio climático, muchos suelos de labranza han sufrido pérdidas destacables de materia orgánica, lo que ha dado lugar a una menor capacidad agronómica o a un mayor riesgo de desertización. Por ello, se hace necesaria la búsqueda de nuevas técnicas que incrementen el contenido de materia orgánica de los suelos agrícolas.

La gestión ecológica intenta sostener la productividad agrícola a largo plazo mediante el uso de técnicas blandas y recursos locales que favorezcan la función biológica del suelo. La estructura del suelo constituye la clave para su buen funcionamiento, ya que define el hábitat para los organismos edáficos y, además, promueve el flujo de agua y nutrientes hacia las plantas.

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