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  • Investigación y Ciencia
  • Junio 2005Nº 345

Etología

Así negocian los animales

Los humanos y otros animales comparten un patrimonio de actitudes relacionadas con las transacciones: la cooperación, la devolución de favores y el resentimiento cuando se recibe menos de lo que se da.

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Lo mismo que mi despacho, que no tardaría en ser ocupado si yo me marchara a otra universidad, los predios silvestres no cesan de cambiar de manos. La oferta de hogares potenciales, muy rica, va desde agujeros taladrados por picos picapinos hasta conchas vacías en la playa. El mercado inmobiliario de los cangrejos ermitaños constituye un ejemplo típico de lo que los economistas denominan una "cadena de vacantes". Para proteger su blando abdomen, el cangrejo ermitaño acarrea su casa —por lo general una concha de gasterópodo abandonada— de un lado para otro. Con el tiempo, se ve obligado a cambiar de residencia: el cangrejo crece, pero la casa no. Por ello los cangrejos ermitaños están siempre al acecho, pendientes de encontrar un nuevo alojamiento. En el mismo instante en que uno se traslada a una concha más espaciosa, otros se ponen en fila, a la espera de ocupar la concha vacante.

Rige el proceso la ley de la oferta y la demanda. Sin embargo, dado el carácter "impersonal" de tales transacciones, muy pocos asociarían esa conducta con las transacciones económicas humanas. Las interacciones de los cangrejos ermitaños resultarían más interesantes si éstos llegaran a acuerdos del tipo "te cambio mi casa por este pez muerto". Pero los ermitaños no entienden de negociaciones, ni se andan en remilgos a la hora de echar al inquilino por la fuerza. Otros animales más sociales, en cambio, sí negocian. Su forma de intercambiar recursos y servicios arroja luz sobre cómo y por qué pudo evolucionar el comportamiento económico humano.

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