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1 de Agosto de 2019
Salud ambiental

Contaminación atmosférica y salud pública

Los efectos de la polución en la salud suelen ser difíciles de observar a nivel individual. ¿Cómo puede mejorarse ese conocimiento y aumentar la concienciación de la población ante el problema?

Las ciudades más pobladas, como Barcelona, registran unos índices de contaminación que a menudo superan los límites máximos establecidos en las leyes y recomendados por las autoridades sanitarias. [GETTY IMAGES/IMV/ISTOCK]

En síntesis

Se sabe que la contaminación atmosférica causa enfermedades y aumenta la mortalidad, por lo que numerosos países han desarrollado legislaciones para reducirla.

Sin embargo, todavía existen lagunas en el conocimiento de los efectos en la salud, sobre todo los de niveles muy bajos de contaminantes a largo plazo. Asimismo, la percepción de la población acerca de las repercusiones en la salud individual es pobre.

Diferentes estrategias pueden mejorar ese conocimiento y aumentar la concienciación de la sociedad, como el estudio del exposoma, los proyectos de ciencia ciudadana para medir la contaminación local o las iniciativas de reducción del tráfico motorizado en las urbes.

A la mayoría de nosotros nos acecha una de las mayores amenazas, un mal que no suele detectarse a simple vista pero que descarga su golpe mortal en numerosas zonas del planeta. Se trata de la contaminación atmosférica. El 90 por ciento de la población mundial vive en áreas donde los niveles de contaminantes atmosféricos se sitúan por encima de los valores recomendados por las directrices sanitarias.

Según diferentes estudios, las sustancias tóxicas y las partículas sólidas del aire derivadas de diversas actividades humanas terminan con la vida de 7 millones de personas cada año; más de la mitad (4,2 millones) mueren como consecuencia de los contaminantes presentes en espacios abiertos (el resto fallece a causa de los que se generan en espacios cerrados, como en los hogares donde se quema leña). Los índices de contaminación atmosférica varían mucho de una región a otra del planeta, siendo elevados en lugares como China e India y menores en América del Norte y Europa. Aun así, cerca de 400.000 europeos mueren cada año a causa de ella.

La polución del aire repercute, además, en los sistemas sanitarios y la economía de las naciones: en 2016, el coste asociado a la carga de enfermedad provocada por las partículas sólidas de tamaño inferior a 2,5 micrómetros (PM2,5) en todo el mundo fue de 5,7 billones (1012) de dólares estadounidenses, lo que representa un 4,4 por ciento del producto interior bruto global.

Muchos de los contaminantes están regulados y existen directrices que definen sus niveles máximos. Las PM2,5 y el dióxido de nitrógeno (NO2) han recibido gran parte de la atención por su mayor impacto sobre la salud. A pesar de ello, en numerosas ciudades europeas, entre ellas Barcelona y Madrid, se superan esos límites. A menudo, reducirlos supone una dura batalla para las administraciones, dada la elevada densidad de coches en las ciudades y la escasa predisposición a restringir su uso.

La concienciación de la población sobre el problema de la contaminación, aunque cada vez mayor, resulta irregular. El caso dieselgate, en el que los fabricantes de coches manipularon las emisiones de los óxidos de nitrógeno de los motores diésel para que disminuyeran durante las pruebas de homologación, fue ampliamente cubierto por los medios de comunicación y aumentó la atención y la necesidad de actuar sobre dichos contaminantes.

No obstante, cada cierto tiempo aparecen personas que cuestionan los efectos de la contaminación en la salud, como Dieter Köhler, antiguo director de la Sociedad Respiratoria Alemana, que hace poco puso en entredicho las pruebas sobre el impacto del NO2. Argumentaba que la mayoría de ellas se basaban en asociaciones estadísticas y que él nunca había visto a nadie en su consulta que sufriera daños provocados por la contaminación atmosférica, como sí había visto las consecuencias del tabaquismo.

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