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1 de Agosto de 2019
Etología

¿Por qué los tiburones huyen en desbandada?

Los jaquetones abandonan las áreas de alimentación cuando las temibles orcas se acercan.

Hasta el temible jaquetón pone mar de por medio cuando las orcas hacen acto de presencia. [RODRIGO FRISCIONE, GETTY IMAGES]

Salvador Jorgensen ha dedicado más de quince años al estudio del jaquetón, o tiburón blanco (Carcharodon carcharias), ante las costas de California. Durante ese tiempo, este investigador del Acuario de la Bahía de Monterrey y su equipo han acoplado radiotransmisores de seguimiento a 165 de estos grandes depredadores, que suelen merodear por unos islotes enclavados al oeste de San Francisco a la caza de elefantes marinos. Un otoño sucedió algo extraño: «En 2009, diecisiete estaban nadando por los Farallones, cuando todos se esfumaron de repente. Ni uno ni dos: los diecisiete. En pocas horas», recalca. «Normalmente vagan por aquellas aguas durante semanas o meses.» ¿Por qué huyeron? Los jaquetones blancos son quizá los carnívoros más temidos del mar, pero resulta que ellos también temen a alguien: a las orcas.

Jorgensen y sus colaboradores llegaron a esa conclusión en un estudio reciente en el que combinaron los datos de seguimiento de los tiburones con casi tres décadas de censos de fauna en la isla sureste del pequeño archipiélago. Han observado que abandonan esa importante zona de alimentación cuando las orcas se acercan demasiado, aunque los cetáceos se hallen de paso y permanezcan pocas horas. Y no se esfuman durante uno o dos días, sino que se mantienen alejados la estación entera. En los años de desbandada, las capturas de elefantes marinos por los tiburones se reducen entre cuatro y siete veces. Los resultados del estudio se publicaron en abril en Scientific Reports.

Los tiburones aparecieron hace al menos 450 millones de años, mientras que los cetáceos (ballenas y delfines) surgieron hace solo 50 millones de años. «Para sobrevivir y florecer en el mar tanto tiempo, han de tener sus trucos. Uno es saber cuándo toca retirarse», explica Jorgensen. Lo que más le sorprende es que pueda transcurrir casi un año antes de que retornen. Algunas orcas se especializan en la caza del salmón y de otros peces, otras prefieren los pinnípedos (focas y morsas) y unas terceras se decantan por los tiburones. Se tiene constancia de al menos una que dio muerte y devoró a un jaquetón adulto en los Farallones, en 1997. No está claro si los escualos evitan a las orcas por el temor a ser devorados o porque compiten por la misma presa, las focas. Sea como sea, esa gran cautela podría ser simplemente una estrategia de supervivencia.

Los jaquetones del Pacífico oriental deben disponer de otros terrenos de caza. «Hay muchos más lugares donde encontrar alimento, porque las colonias de cría de las focas están en expansión» gracias a las campañas de conservación, afirma el ecólogo Chris Lowe, de la Universidad Estatal de California en Long Beach, que no ha participado en el estudio. Que los tiburones estén dispuestos a renunciar a las presas de los Farallones es señal de que prefieren marchar a otro lugar y no afrontar el peligro, por remoto que sea, de acabar en las fauces de una orca.

No se sabe cómo detectan estos su presencia. Las aguas que bañan los Farallones son turbias, y los jaquetones las abandonan cuando sus adversarias aún están lejos de su radio de visión o escucha. Jorgensen afirma que la explicación más plausible es que «son capaces de oler algo en el agua que los alerta.» Es posible que olfateen a las propias orcas o alguna sustancia segregada por otro tiburón puesto en fuga ante el encuentro con ellas. Esta última idea goza de cierto apoyo: el equipo de Jorgensen siguió los desplazamientos de un grupo de jaquetones situado a cientos de kilómetros de los Farallones en el momento de la llegada de las orcas. Poco después de que estas se marcharan, los escualos aparecieron. «Pero se limitaron a husmear por allí un poco antes de alejarse casi de inmediato.» Quizá percibieron de algún modo su reciente presencia en las inmediaciones.

Los ecólogos suelen usar el término «paisaje del miedo» para describir el modo en que los depredadores influyen en los desplazamientos y en el comportamiento de las presas, que tiene como consecuencia una cascada de impactos en el ecosistema. Por ejemplo, en un experimento reciente, los mapaches de una isla pasaron menos tiempo buscando comida en la playa y en las charcas dejadas por la marea baja si oían el ladrido de perros. Eso se tradujo en la proliferación de peces e invertebrados (cangrejos, gusanos). Y, a su vez, derivó en un descenso de los caracoles, presa fácil para la creciente población de cangrejos.

No se sabe qué repercusión puede tener la huida de los tiburones para el ecosistema marino. «Sabemos muy poco sobre cómo interactúan estos dos superdepredadores en mar abierto», confiesa Jorgensen. El motivo radica en parte en el hecho de que los jaquetones, las orcas y los elefantes marinos se están recuperando todavía de un siglo de persecución humana. «La hipótesis es que [ese tipo de interacciones] han existido siempre; sencillamente, todos esos animales habían desaparecido del ecosistema hace más de 100 años. No hay razones para creer que las orcas no cazaran focas o tiburones hace 300 o 400 años, antes de que la especie humana iniciara su caza», concluye Lowe.

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