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  • Agosto 2018Nº 503
Libros

Reseña

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¿Qué es ser «normal»?

Entre la medicina y las matemáticas: de cómo la asociación entre lo ideal y lo común acabaría generando conceptos de identidad viciados.

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NORMALITY
A CRITICAL GENEALOGY
Peter Cryle y Elizabeth Stephens
University of Chicago Press, 2017

En Bengkala, un pueblo de la isla indonesia de Bali, ha subsistido durante generaciones un tipo hereditario de sordera. Si bien tan solo afecta a una pequeña parte de la población, todos conocen el lenguaje de signos y los matrimonios tienen lugar con independencia de si uno o ambos miembros de la pareja pueden oír o no. Es normal comunicarse por signos y fraternizar en los dos lenguajes. En muchos sentidos, es normal ser sordo. En cualquier población, lo atípico puede convertirse en regla si se produce con la frecuencia suficiente.

En Normality, Peter Cryle y Elizabeth Stephens analizan el concepto de normalidad instigado en el siglo XX por los filósofos Georges Canguilhem y Michel Foucault, y ampliado después por los estudios de raza, la teoría queer y el debate sobre los derechos de las personas con discapacidad. Cryle y Stephens introducen una precisión necesaria al analizar la distinción entre normal como «común» y normal como «el ideal al que todos debemos aspirar», y señalan las consecuencias reales —desde la eugenesia hasta la heteronormatividad o el genocidio— de este concepto.

Su ambiciosa obra analiza la emergencia del pensamiento estadístico desde el siglo XVIII en adelante, la relación entre lo cualitativo y lo cuantitativo, y los modos en que la normalidad ha constituido un escenario de control social. Analizan la aparición casi simultánea de este término en matemáticas y en medicina durante el siglo XIX; y rastrean su ingreso en la cultura popular a mediados del siglo XX, cuando se convirtió en una herramienta para aquellos que, con intereses comerciales, buscaban estandarizar los bienes producidos en masa. Los autores toman en consideración la diferencia entre las mediciones estadísticas y el lenguaje de superioridad moral.

Su lenguaje oscila entre lo culto y lo oculto, con virajes hacia el áspero estilo académico. Pero sus pruebas, escrupulosamente recabadas, demuestran que la normalidad siempre ha estado plagada de contradicciones internas. Así pues, Cryle y Stephens presentan la etimología y la genealogía de una palabra, la historia de una idea, la lingüística cultural a través de la cual esas hebras se han entrelazado y las ramificaciones sociológicas de esas subjetividades.

El libro, que abarca los dos últimos siglos, sigue una estructura cronológica que nos presenta a los principales ideólogos de la normalidad. Entre ellos, el zoólogo Isidore Geoffroy Saint-Hilaire, quien estudió la anormalidad anatómica en humanos y otros animales; el estadístico Adolphe Quetelet, teórico del «hombre promedio»; el criminólogo Cesare Lombroso; el eugenista Francis Galton; el fundador del psicoanálisis Sigmund Freud; y los sexólogos Richard von Krafft-Ebing, quien formuló el concepto de «perversidad», y Alfred Kinsey, quien lo cuestionó.

Entretejidos con estas biografías intelectuales encontramos el nacimiento de la medicina moderna, el estudio de la anormalidad congénita, los fundamentos y aplicaciones de la estadística, la crueldad de la eugenesia, el advenimiento de la psiquiatría moderna y los balbuceos de la revolución sexual.

En medicina, el concepto de normalidad se refiere a lo ideal: órganos y tejidos en óptimo funcionamiento. En matemáticas alude a la situación en la que los datos tienden a agruparse en torno a un punto central dentro de un abanico de valores posibles. De este modo, aspiramos a una presión sanguínea normal porque constituye un requisito para encontrarnos sanos, pero también a una sexualidad normal por las presiones del convencionalismo social.

Fue a comienzos del siglo XX, momento en que el ideal médico se cruzó con la idea matemática, cuando se empezó a asociar lo típico con lo óptimo. Cryle y Stephens describen la manera en que el término normal cambió de significado y cómo formar parte de la media estadística se convirtió en una aspiración [véase «¿Qué significa estar sano o enfermo?», por Cristian Saborido; Investigación y Ciencia, enero de 2018].

El mundo de la medicina se resistió durante largo tiempo a lo cuantitativo. A principios del siglo XIX, quienes apoyaban incorporar los números al «arte» de la medicina, como Quetelet, fueron criticados por ello; algo que en nuestra época de medicina de precisión y sanidad basada en macrodatos nos parecería inverosímil. Y aunque las mediciones cuantitativas han contribuido a mejorar la medicina, también han sido fuente de usos preocupantes, ya que se usaron para fundamentar las pseudociencias de la frenología y la craneometría, desarrolladas a su vez para justificar el racismo.

La idealización del promedio, que se convierte en opresiva para los representantes de la diversidad, constituye una crueldad que explota la retórica de la normalidad. Sin embargo, vilipendiarlo condujo a la eugenesia: Galton se sirvió de las matemáticas para teorizar que la estabilidad social requería fomentar la reproducción de quienes se encontraban por encima del promedio y suprimirla entre quienes se hallaban por debajo.

Cryle y Stephens explican que, en 1945, el periódico de Cleveland The Plain Dealer buscó a la mujer promedio perfecta. Concedió finalmente el dudoso premio a una tal Martha Skidmore, al tiempo que admitía que no representaba exactamente dicha media. No en vano, prácticamente nadie puede asociarse a esta condición. Por tanto, y como bien apuntan los autores, lo normal resulta paradójico.

Alfred Binet, uno de los padres de las pruebas de inteligencia, observó que «nadie sabe cuánta inteligencia necesita un niño para ser normal». Es esta misma labilidad, argumentan los autores, lo que puede reforzar el poder de lo normal, dado que las personas intentan constantemente acercarse a ello. Con todo, no deja de ser una construcción moderna. Hay normas que proceden tanto de la ciencia válida como de la engañosa, así como de la sociedad, y quienes se desvían de ellas son «anormales».

La tensión entre lo cualitativo y lo cuantitativo se convierte así en la narrativa central del libro. La predominancia de lo normal forma parte de la evolución general hacia la estadística, hacia la tendencia a dictar el comportamiento humano cuantificándolo. Es la historia de cómo la visión panorámica, compuesta de datos numéricos agregados, reemplazó en muchos contextos a la profundidad narrativa, basada a menudo en la anécdota. El engaño puede darse tanto en las matemáticas como en la narrativa, pero ambas tienen valor y ninguna de ellas puede ni debe reemplazar a la otra.

Cryle y Stephens describen Middletown, el estudio realizado en 1929 por Robert Lynd y Helen Merrell Lynd que estableció la idea de la «América profunda» (Middle America), entidad canonizada en un momento de diversidad creciente, generada en buena parte por la inmigración. A través de esos trabajos, la antropometría se filtró desde las cárceles y los hospitales hasta el mundo académico, lo que a su vez permitió que lo «normal» se abriera paso en la vida pública.

Con todo, fue el Grant study de Harvard, una gran investigación longitudinal comenzada en 1938 con la participación de 268 estudiantes universitarios varones, lo que definió la normalidad en el sentido moderno, sirviéndose de datos médicos y estadísticos. En 1945 se publicaron de modo simultáneo descripciones de dicho estudio en el popular Young man, you are normal («Jovencito, eres normal»), de Earnest Hooton, y en What people are («Lo que la gente es»), de Clark Heaths, lo que sistematizó la idea en el lenguaje corriente y en el ámbito académico.

El último capítulo aborda los estudios de mediados de siglo sobre el comportamiento sexual humano conocidos como «Informe Kinsey». Aquí lo cualitativo se disfraza de cuantitativo y se utiliza un sistema de tarjetas perforadas para estandarizar historias que, de hecho, son complejas, sutiles y difíciles de cuantificar. Aunque pretendía ser radical, contribuyó de manera más que incidental a la hegemonía de la normalización en los años cincuenta.

Cryle y Stephens recuerdan que esa época de postguerra fue un período de «mercadotecnia de masas y encuestas públicas, autoayuda y cultura del consumo. [...] Esa normalidad no surgió de las cárceles, sino de las oficinas y los hogares residenciales». No fuimos nosotros quienes dictamos los valores de la industria y la tipificación, pero acabamos sometiéndonos a ellos. Quienes nos midieron nos hicieron como somos.

 

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