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  • Investigación y Ciencia
  • Mayo 2015Nº 464

Medicina

Combatir el dolor crónico

Nuevos hallazgos sobre las causas del dolor abren vías para el desarrollo de analgésicos más eficaces.

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«Ve al supermercado; no al Burger King, porque el hielo que venden allí se deshace muy rápido», instruía Jama Bond a su marido mientras este se apresuraba a comprar hielo una noche de 2012. Bond, que por entonces tenía 38 años y estaba embarazada de casi nueve meses, necesitaba bolsas de hielo para mantener fría el agua en el barreño donde sumergía los pies, que estaban rojos, hinchados y doloridos. Había aprendido a protegerlos con bolsas de basura de modo que el agua helada no dañara su piel. Unos meses antes, era una mujer sana, con un trabajo de oficina en una compañía de instalación de paneles solares, y llevaba una vida más o menos normal. Ahora apenas abandonaba el confort del baño de agua excepto para ducharse, algo que le suponía «una tortura».

Bond, que vive en Santa Rosa, California, sufría una enfermedad denominada eritromelalgia (del griego para «dolor de extremidad enrojecida») en la que se experimenta un ardor intenso en los pies o las manos, que se vuelven sumamente sensibles incluso a temperaturas no muy elevadas o ante la más ligera presión. Para la mayoría de los pacientes como Bond, el trastorno surge sin una causa aparente (no presenta una relación conocida con el embarazo). Aunque la eritromelalgia es una enfermedad rara que afecta solo a 13 de cada millón de habitantes, el dolor crónico en sus innumerables formas resulta extraordinariamente corriente y a menudo tiene un origen difícil de explicar.

Se estima que unos 100 millones de personas en EE.UU. luchan contra él, sobre todo contra el dolor de espalda, la cefalea o la artritis. El dolor crónico afecta a más personas que la diabetes, el cáncer y las cardiopatías juntos, y acarrea un coste también mayor: según un análisis de 2012, podría alcanzar los 635.000 millones de dólares anuales en cuidados médicos y pérdida de productividad. El coste en sufrimiento es incalculable. Las personas que lidian con este mal afrontan un mayor riesgo de discapacitación, depresión, trastornos del estado de ánimo y del sueño, adicciones al alcohol u otras drogas y suicidio. Linda Porter, asesora en estrategias contra el dolor del Instituto Nacional de Trastornos Neurológicos e Ictus en Bethesda (Maryland), se refiere a él como «un problema de salud pública enorme, que no se reconoce ni se aborda de modo adecuado».

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