Las burbujas gigantes de la Vía Láctea

Se han descubierto dos lóbulos de radiación electromagnética que se extienden decenas de miles de años luz sobre el disco de la Vía Láctea. Su origen sigue siendo un misterio.

RON MILLER

En síntesis

Hace poco, el telescopio espacial Fermi reveló la existencia de dos enormes burbujas de rayos gamma que se elevan miles de años luz sobre el centro de la Vía Láctea.

Aunque los astrónomos aún ignoran qué procesos dieron lugar a estas burbujas, su origen parece ligado a fenómenos muy violentos ocurridos recientemente en nuestra galaxia.

Existen dos explicaciones principales: un chorro de alta energía procedente del agujero negro supermasivo que ocupa el centro de la Vía Láctea, o el viento acumulado de un enjambre de supernovas.

En noches despejadas, lejos de las luces de la ciudad, puede verse en el cielo una hermosa estructura en forma de arco: nuestra galaxia, la Vía Láctea. Desde la antigüedad, el ser humano se ha maravillado con las oscuras nubes de polvo que se recortan contra el fondo lechoso. Hace apenas cuatro siglos, Galileo apuntó con su telescopio al firmamento y descubrió que esa «leche» era, en realidad, la luz de innumerables estrellas.

Nuestra concepción de la arquitectura de la Vía Láctea acaba de sufrir otro cambio. Gracias a un nuevo telescopio, los autores de este artículo y otros colaboradores hemos descubierto dos lóbulos de luz colosales, los cuales se elevan miles de años luz sobre el centro galáctico. La razón por la que han pasado inadvertidos durante tanto tiempo se debe a que brillan, sobre todo, en rayos gamma, radiación electromagnética de alta energía que no atraviesa la atmósfera.

Ignoramos qué puede haber generado estas «burbujas de Fermi», como las hemos denominado. Su origen parece asociado a los violentos procesos que acontecen en el centro de nuestra galaxia, una región caótica en la que un agujero negro supermasivo agita remolinos de gas caliente y donde florecen las supernovas.

Como ocurre a menudo con los hallazgos inesperados, encontramos las burbujas de Fermi casi por accidente. Pero, ahora que sabemos de su existencia, hemos comenzado a explorar con meticulosidad sus características. Estas burbujas gigantes prometen revelar secretos profundos acerca de la estructura y la historia de la Vía Láctea.

 

DESCUBRIMIENTO SORPRESA
El primer indicio de que algo fuera de lo común acontecía en nuestra galaxia no lo aportaron los rayos gamma, sino las microondas. Corría el año 2003 cuando uno de los autores de este artículo (Finkbeiner) trataba de entender mejor las propiedades del universo primitivo a partir de los datos de la sonda WMAP, de la NASA; por aquella época, el satélite cosmológico más reciente y avanzado. Como investigador posdoctoral en la Universidad de Princeton, mi tarea consistía en estudiar la manera en que el polvo interestelar cercano enmascaraba la señal que pretendía medir WMAP: las microondas del tenue resplandor residual de la gran explosión que dio origen a nuestro universo. El polvo galáctico reviste su propio interés; pero, para un cosmólogo, es como un rasguño en la lente de un telescopio: algo cuyo efecto debe sustraerse de los datos.

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