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1 de Febrero de 2014
Ingeniería

Micromáquinas en el cóctel

CREDIT TKTK

No parece que encontrar un insecto en la bebida vaya a agradar a nadie. Sin embargo, un célebre cocinero y un equipo del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) esperan que un imaginativo accesorio para cócteles inspirado en un insecto acuático provoque la delicia de los comensales.

El diminuto artilugio, cuya forma recuerda a una barca, se propulsa por la superficie de la bebida durante unos dos minutos gracias a un truco sacado de la naturaleza. La pequeña barca contiene un licor de alta gradación que se va derramando poco a poco en el cóctel a través de una muesca abierta en un extremo. La diferencia en contenido alcohólico entre los dos líquidos crea un gradiente en la tensión superficial que impulsa la barca mediante el efecto Marangoni. Numerosos insectos acuáticos se basan en el mismo fenómeno para propulsarse; pero, en vez de verter Bacardi 151, desprenden sustancias que modifican la tensión superficial bajo sus patas.

El origen del aparato se remonta al día en que John Bush, profesor de matemática aplicada en el MIT, asistió a una charla del chef José Andrés, que imparte clases de ciencia culinaria en Harvard. Bush le sugirió que colaborasen. «Buena parte de mis investigaciones versan sobre la tensión superficial, que a su vez es la causa de todo tipo de fenómenos interesantes en la cocina... o en el bar», explica.

Aparte del ingenio mencionado, los investigadores diseñaron una pipeta con forma de flor que el comensal puede sumergir en el cóctel para después llevarse una gota a la lengua. La pipeta cierra sus pétalos cuando es extraída del líquido y atrapa así una gota en su interior. El artilugio imita a la inversa el mecanismo de las flores flotantes que, como los nenúfares, se cierran para atrapar aire cuando sube el nivel del agua. El pasado mes de octubre, Bush, Andrés y otros colaboradores publicaron sus resultados en la revista Bioinspiration & Biomimetics.

Para lograr su objetivo, los investigadores emplearon primero una impresora en 3D para fabricar los prototipos. Después, confeccionaron moldes para que Andrés y su equipo hiciesen las barcas y las flores con gelatina o caramelo. «Los diseños no solo tienen que ser funcionales y estéticamente agradables, sino también comestibles», añade Bush.

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