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El fundíbulo del futbolista

Para lograr una transferencia eficiente de energía, los artilleros de la Edad Media empleaban, sin saberlo, un péndulo doble. Hoy, futbolistas y golfistas hacen lo mismo.

BRUNO VACARO

Los futbolistas profesionales pueden llegar a comunicar al balón una velocidad de 120 o 130 kilómetros por hora. Para llevar a cabo semejante proeza, ejecutan un movimiento muy concreto en el que todo el esfuerzo lo ejerce el muslo mucho antes de que se produzca la patada: cuando el pie entra en contacto con el balón, la pierna se encuentra estirada y con los músculos relajados. Este mecanismo, muy eficiente a la hora de transmitir la energía muscular a la pelota, se emplea en numerosos dispositivos; entre ellos, los fundíbulos medievales.

Ya se trate de fútbol o de golf, el objetivo del deportista consiste en comunicar, con su sola fuerza muscular y en un único gesto, la máxima velocidad al balón o a la pelota. En ambos casos, el balón de fútbol (400 gramos) o la pelota de golf (45 gramos) son más ligeros que la parte rígida que los golpea (el pie o la cabeza del palo). Tras el impacto, el proyectil adquiere una velocidad igual a la del objeto que lo golpea multiplicada por cierto coeficiente. Debido a la naturaleza «blanda» del golpe, dicho coeficiente resulta algo mayor que la unidad. El cociente entre la masa del proyectil y la del objeto que lo impulsa no desempeña aquí un papel relevante.

Así pues, importa poco que se trate del pie, el conjunto pie-pantorrilla o el conjunto pie-pantorrilla-muslo lo que esté en movimiento en el momento del golpe. Lo que buscamos es imprimir al pie la máxima velocidad. A tal fin, futbolistas y golfistas recurren a uno de los dispositivos mecánicos más eficaces: dos brazos articulados que giran con libertad uno con respecto al otro.

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