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1 de Agosto de 2015
Medioambiente

Límites de la restauración de humedales

No podemos confiar en que la restauración restablezca los ecosistemas destruidos por los humanos. Sin embargo, ciertas medidas podrían mejorar su recuperación.

La isla de Poplar, situada en la bahía de Chesapeake (Maryland, EE.UU.), desapareció como consecuencia de la pérdida del aporte de sedimentos a la bahía debida a la regulación de los ríos, entre otros factores. [ECOSYSTEM RESTORATION AND MANAGEMENT, INC.]

En síntesis

Marismas, lagunas, pantanos, manglares y otros tipos de humedales proporcionan numerosos beneficios ambientales, económicos y recreativos. Sin embargo, solo en el pasado siglo los humanos hemos causado la desaparición de la mitad de estos hábitats en el planeta.

La restauración ecológica pretende reparar esos daños, pero no consigue casi nunca restablecer el estado primigenio del ecosistema, por lo que no debería emplearse para compensar la destrucción de más humedales bien conservados.

Para mejorar la gestión de las zonas húmedas resulta necesario conocer con mayor profundidad su funcionamiento y sus mecanismos de recuperación tras una perturbación.

Desde los manglares tropicales hasta las turberas boreales, los humedales se cuentan entre los ecosistemas más productivos y de mayor valor económico de todo el mundo. Proporcionan a la población humana beneficios y servicios esenciales. Extraen una parte del dióxido de carbono que emitimos a la atmósfera, contribuyen a la biodiversidad del planeta, depuran el agua contaminada que fluye por ellos y reducen el riesgo de inundaciones y erosión. Además, constituyen zonas de indudable interés para la recreación y el ecoturismo.

Sin embargo, debido a las actividades humanas, aproximadamente el 50 por ciento de los humedales del mundo han desaparecido solo en el pasado siglo. En países como España, Francia o China, la pérdida ha alcanzado alrededor del 60 por ciento, mientras que en otras zonas, como nueva Zelanda o California, ha llegado al 90 por ciento.

Tal destrucción acabó en España con más de 200.000 hectáreas de marismas en el entorno de lo que hoy es el Parque Nacional y Natural de Doñana, en Sevilla, una zona que en su momento constituyó uno de los humedales más extensos de Europa. Un destino similar sufrió la cercana laguna de la Janda, en Cádiz, que en el pasado cubría unas 5000 hectáreas; era la laguna de agua dulce más extensa de la península ibérica y la única del sur de Europa donde criaban las grullas comunes (Grus grus) y múltiples especies hoy gravemente amenazadas en España, como la focha cornuda (Fulica cristata). La degradación ha afectado, asimismo, a un sinfín de otras zonas húmedas, como el delta del Ebro, en Tarragona; la laguna de la Nava, en Palencia; o la Camarga, en la región francesa de Languedoc-Rosellón.

Por fortuna, debido a una menor presión de las actividades humanas sobre los ecosistemas y a la proliferación de normativas que favorecen la conservación de la naturaleza, la destrucción de humedales en los países desarrollados se ha frenado drásticamente, aunque aún siga ocurriendo a menor escala. Pero el problema fundamental estriba en la gran pérdida que se ha producido hasta el momento, una situación que exige la introducción de medidas para restaurar estos ambientes. La Unión Europea, la Convención para la Diversidad Biológica y muchas otras organizaciones internacionales y Gobiernos (incluido el de España) están desarrollando estrategias para abordar tal reto. Cada año se invierten enormes cantidades de dinero en la restauración de humedales, especialmente en Norteamérica, Europa y Australia. Solo en Estados Unidos se gastaron más de 70.000 millones de dólares en restaurar 30millones de hectáreas de humedales en los últimos 20 años. La financiación europea, aunque muy por detrás de la estadounidense, aumenta también cada año.

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