Terapias del SIDA

Un fármaco - la AZT - se receta ya para su uso clínico. Los nuevos conocimientos sobre el HIV han hecho posible diseñar drogas que interrumpen fases específicas del ciclo de vida del virus.

Retrocedamos a 1984, cuando se demostró de una forma inequívoca que el SIDA era una enfermedad causada por el virus de la inmunodeficiencia humana: HIV. Muchos investigadores y clínicos manifestaron entonces sus dudas de que, algún día, se descubriese un fármaco capaz de atacar eficazmente el virus. Sus temores no carecían de fundamento. Los esfuerzos acometidos antaño por lograr fármacos antivíricos apenas si obtuvieron un puñado de agentes útiles. Había más. Los retrovirus del tipo HIV constituyen un blanco hábilmente esquivo: estos virus se integran en el genoma de las células somáticas; una vez allí permanecen en estado latente y al abrigo de cualquier posible detección durante largos períodos de tiempo.

En el caso particular del HIV el problema se agudiza ante la capacidad que posee el virus de infectar distintos tejidos y células del cuerpo humano. De manera especial, el virus puede agazaparse en las células del sistema nervioso central, bajo el amparo protector de la barrera hematoencefálica, estructura ésta que muchos fármacos no pueden atravesar. En el supuesto de que ciertos fármacos superasen esa barrera, las células del cerebro dañadas por el virus nunca sanarían. Asimismo, las enfermedades secundarias que concurren asociadas con el SIDA (citemos el sarcoma de Kaposi, linfomas agresivos y ciertas infecciones oportunísticas) pueden agravarse y complicarse, de suerte tal que resulte muy difícil su sanación. La complejidad del virus de la inmunodeficiencia humana, sumada a la naturaleza devastadora de la propia enfermedad, movió a muchos investigadores a considerar el SIDA un reto especial que entrañaba, quizás, un problema insuperable.

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