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1 de Abril de 2018
Instrumentos musicales

Los infieles «micros» de la guitarra eléctrica

Este popular instrumento debe su riqueza en matices sonoros al peculiar funcionamiento y disposición de sus pastillas.

BRUNO VACARO

No resulta nada fácil conseguir que una guitarra acústica se escuche bien en medio del fragor de una banda de jazz. Para solucionarlo, en los años treinta del siglo XX los ingenieros de la casa Gibson concibieron un nuevo instrumento: la guitarra eléctrica. ¿Imaginarían sus creadores que el invento acabaría alcanzando tamaña popularidad? Desde la ES-150 de Charlie Christian o la Fender Stratocaster de Jimmy Hendrix, el sonido de la guitarra eléctrica llega hoy a todas partes. Pero ¿cómo? La pregunta surge de manera natural cuando reparamos en que este instrumento carece por completo de caja de resonancia, la estructura responsable de la amplificación del sonido en los instrumentos de cuerda clásicos.

Convertir una cuerda en instrumento musical es sencillo. Basta con tensarla y hacerla vibrar, bien percutiéndola (piano), frotándola (violín) o pulsándola (guitarra). Esa perturbación se propaga a lo largo de la cuerda y efectúa idas y venidas al reflejarse en los extremos. Como resultado, la cuerda ejecuta un movimiento periódico; en concreto, una superposición de oscilaciones sinusoidales cuyas frecuencias vienen dadas por múltiplos enteros de cierta frecuencia fundamental.

La frecuencia fundamental define el tono de la nota, mientras que las amplitudes relativas de los diferentes «armónicos» (las oscilaciones cuyas frecuencias son múltiplos de la fundamental) determinan el timbre del instrumento. Para una cuerda de longitud dada, la frecuencia fundamental será tanto mayor (y por tanto la nota más aguda) cuanto más tensa esté la cuerda. Gracias a ello, y a pesar de que sean todas de la misma longitud, las seis cuerdas de una guitarra pueden producir otras tantas notas diferentes cuando las pulsamos al aire. Para obtener más notas basta con prensar las cuerdas contra el mástil, lo que reduce la longitud de la parte vibrante de la cuerda. Ello acorta el tiempo de ida y vuelta de las oscilaciones y eleva su frecuencia. Así, al presionar una cuerda en su punto central, la frecuencia del sonido se dobla; es decir, la nota sube una octava.

En el violín o en el laúd árabe, la ausencia de trastes permite que la longitud vibrante de la cuerda pueda variar de manera continua. Ello facilita la práctica del vibrato, pero hace que tocar el instrumento se convierta en algo delicado. Son mucho más accesibles los instrumentos con trastes. Estas barritas metálicas incrustadas en el mástil forman pequeñas protuberancias. Al apretar la cuerda entre dos de ellos, y sin importar la posición exacta del dedo, la cuerda quedará inmovilizada en aquel más cercano al puente. Así pues, los trastes imponen unas longitudes perfectamente definidas a la porción vibrante de la cuerda y, dispuestos de manera adecuada, permiten ejecutar escalas.

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