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1 de Enero de 1990
Astronomía

Neptuno

El Voyager 2 ha encontrado un mundo tormentoso y una luna helada moldeada por el vulcanismo.

Durante la noche del 24 de agosto de 1989, un pequeño artilugio anguloso se lanzó a toda velocidad por encima de las nubes de Neptuno. Dio una amplia pasada a unos 5000 kilómetros de altitud sobre el polo norte del gran planeta azul, se sumergió en su mitad nocturna, rebasó a su gran luna Tritón a una distancia de unos 38.000 kilómetros y se esfumó en el vacío. Durante ese breve encuentro, el visitante tomó miles de imágenes y las emitió hacia la Tierra. Los científicos que aguardaban en el Laboratorio de Propulsión a Chorro, en Pasadena, jalearon eufóricos las imágenes que iban concretándose en las pantallas —la primera mirada de cerca que podía echar el ser humano sobre el octavo planeta— y descorcharon las botellas de champán.

La sonda Voyager 2 había necesitado doce años para llegar a Neptuno, cuarto y definitivo destino de un periplo planetario que hizo escala primero en Júpiter y Saturno (previamente visitados también por la sonda espacial gemela, Voyager 1) y después en Urano. De todos los planetas del itinerario era Neptuno el menos conocido. Tras poner a punto los programas del ordenador de a bordo y disparar vivazmente los cohetes impulsores, los responsables del Voyager pilotaron la veterana nave y la llevaron a una pasada impecable. Procesando señales cuya potencia al llegar a la Tierra era inferior a 10–16 watt, se consiguieron plasmar imágenes cuya nitidez dejaba sin aliento.

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