El redescubrimiento del Mediterráneo

Nuevas técnicas de exploración submarina están arrojando luz sobre un mar que alberga fondos sorprendentemente bien conservados, una elevada biodiversidad y especies que la ciencia todavía no había descrito.

Esponjas, corales y gorgonias dibujan los paisajes submarinos del Mediterráneo. La fotografía corresponde a una comunidad hallada al final de la plataforma continental e inicio del talud, en el canal de Menorca, a entre 100 y 150 metros de profundidad. Está dominada por la gorgonia Viminella flagellum y el alcionario Chironephthya mediterranea, una especie nueva para la ciencia. [INDEMARES-ICM-CSIC]

En síntesis

En el marco de la aplicación de la Red Natura 2000 (el principal instrumento de protección de la biodiversidad de la Unión Europea), se ha llevado a cabo el proyecto Life+Indemares, el mayor reto en el ámbito de la conservación y exploración de los mares en España. Iniciativas similares se han desarrollado en Italia, Francia y Túnez.

Las nuevas técnicas de robótica submarina han permitido explorar de forma exhaustiva los fondos del Mediterráneo. Sorprendentemente, se han hallado zonas muy bien conservadas, con especies abundantes que todavía no se habían descrito y comunidades que recuerdan más a los ecosistemas marinos tropicales.

En esas áreas tan bien conservadas no se practica la pesca de arrastre pero sí la artesanal. Ello sugiere que una propuesta fundamental para la conservación del Mediterráneo pasaría por una reconversión de la flota pesquera, de industrial a artesanal.

El Mediterráneo, cuna de civilizaciones, siempre ha despertado el interés y la curiosidad de los pueblos que se han sucedido en sus costas. Entre 1200 y 800 a.C., los fenicios exploraron sus aguas para establecer una nutrida red de comercio e intercambio entre las ciudades y colonias fundadas en sus orillas, dejando numerosos registros acerca de los seres vivos que lo habitaban. Más tarde, Aristóteles (384-322 a.C.) realizó una serie de estudios que han llevado a considerarlo padre de la biología marina; entre su legado destacan abundantes descripciones verdaderamente científicas y observaciones sobre organismos marinos, en particular sobre los cetáceos.

Desde entonces, con mayor o menor empeño según la época, el Mediterráneo ha sido uno de los mares que más se han investigado. Aun así, sigue siendo en buena parte desconocido. Ello se debe a que su estudio constituye una tarea de suma complejidad, pues requiere un gran despliegue de medios humanos, técnicos y económicos. Con todo, poco a poco se van superando dichos obstáculos. Las técnicas de exploración submarina son cada vez más refinadas, y los programas de conservación, más ambiciosos. Como resultado, nuestra imagen del mare nostrum es cada vez más extensa y nítida. Y, conforme esta se va ampliando hacia zonas más profundas, descubrimos un mar con fondos sorprendentemente bien conservados, puntos calientes de biodiversidad y numerosas especies abundantes que todavía nadie había descrito.

Avances en la exploración submarina
Los avances técnicos que han posibilitado el estudio científico de las profundidades marinas son relativamente recientes. Hacia los años sesenta del siglo pasado, equipos como el soucoupe plongeante («platillo nadador») del comandante Jacques-Yves Cousteau y la escafandra autónoma se pusieron al alcance de los investigadores y marcaron una nueva era en la historia de la exploración submarina. Sin embargo, la escafandra entrañaba ciertos inconvenientes: la capacidad de los tanques de aire comprimido era limitada y respirar aire a presión podía causar graves complicaciones fisiológicas.

Debido a las dificultades para acceder a los fondos marinos, la visión que teníamos entonces de las profundidades del Mediterráneo era muy parcial. Se basaba en información puntual obtenida de forma indirecta, procedente de dragas o arrastres efectuados sobre el fondo. Estos métodos de exploración cubrían superficies muy reducidas, y las malas condiciones de las muestras una vez recuperadas a bordo apenas permitían atisbar cuál era el estado de los organismos en su hábitat natural o el modo en que se organizaban.

Para fortuna de los investigadores, ese escenario ha cambiado. En la actualidad contamos con medios de observación directa como los robots submarinos teleoperados (ROV, de remote operated vehicle), que permiten explorar y registrar imágenes de alta calidad. Pueden trabajar durante horas y cubrir distancias kilométricas. No tienen mayor limitación que la capacidad de trabajo de los técnicos y científicos, y el estado del mar. Además, no dañan los hábitats, con lo que contribuyen a la conservación del medio marino. En suma, han significado un salto metodológico importantísimo. Por fin podemos realizar estudios cuantitativos acerca de la evolución, en el espacio y el tiempo, de las comunidades y de las especies. (Los muestreos, selectivos y puntuales, ya solo son necesarios en el caso de que las imágenes no permitan distinguir las especies.)

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