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Anticuerpos monoclonales de segunda generación

Elementos esenciales para el diagnóstico y la terapia de enfermedades agudas y crónicas, se han convertido en poderosa herramienta de la investigación básica. ¿Cómo preparar las células que los segreguen?

En la inmunología básica y aplicada se venía trabajando, desde el siglo pasado, con anticuerpos policlonales producidos mediante la inyección de un determinado antígeno en un animal para, una vez inmunizado éste, obtener las inmunoglobulinas deseadas. Pero el carácter agotable y heterogéneo de estas preparaciones de anticuerpos impedía conseguir la repetición exacta y lograr la sensibilidad que se demandan en muchas aplicaciones de laboratorio, diagnósticas y terapéuticas.

En 1975, Georges Kohler y César Milstein, del laboratorio de biología molecular de la Universidad de Cambridge, idearon la forma de cultivar de manera continua células productoras de anticuerpos. Para ello, hibridaron linfocitos B inmunes de ratón con células tumorales de igual origen (mielomas), adaptadas previamente al crecimiento in vitro. Los hibridomas formados por la fusión de ambas células heredan, de los linfocitos B parentales, la producción de anticuerpos específicos; de los mielomas, la capacidad para la propagación indefinida en cultivo, amén del fenotipo para una gran secreción de inmunoglobulinas. Un clon de hibridomas, esto es, un cultivo originado por la reproducción de una sola de estas células híbridas, secreta anticuerpos monoclonales (AM) de una única especificidad.

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