Retos de la agricultura urbana

La contaminación supone un riesgo para la producción de alimentos en las ciudades.

© FangXiaNuo/ISTOCKPHOTO

Cada vez más gente se traslada del campo a las ciudades. A menudo se considera que los huertos urbanos son el futuro, al menos en lo que respecta a una parte de la alimentación de quienes viven en ese entorno. Pero las ciudades distan mucho de los mejores terrenos agrícolas, y no puede darse por sentado que los alimentos producidos en ellas sean seguros.

El cultivo de alimentos en ambientes urbanos parece una propuesta atrayente por su sostenibilidad: puede aprovecharse el calor residual que genera la ciudad y pueden reciclarse las aguas grises (las usadas en baños, duchas y cocinas) o de escorrentía superficial, así como las aguas cloacales, ricas en nutrientes. Además, reduciría la huella de carbono asociada al transporte de alimentos y haría más verdes las ciudades. A las familias más pobres, un huerto urbano puede aportarles unos ingresos y diversificar su alimentación. Los proyectos comunitarios promueven la interacción social y la actividad al aire libre, con lo que se doblan los beneficios para la salud. Las zonas que podrían destinarse a la agricultura, como las granjas verticales [véase «Agricultura vertical», por Dickson Despommier; Investigación y Ciencia, septiembre de 2010] y las parcelas de huertos entre los bloques de pisos, en sus cubiertas o en su interior, podrían dar forma a nuestras urbes del futuro.

Pero antes de que la agricultura urbana pueda expandirse a gran escala, hay que tener en cuenta un aspecto clave que diferencia las ciudades del campo: la contaminación. La actividad industrial, la infraestructura de transporte, el consumo doméstico de combustibles fósiles y los productos químicos que van a parar a las aguas residuales domésticas contaminan los suelos de las ciudades. Estas aguas contienen detergentes y fármacos procedentes de la orina, así como una gran diversidad de contaminantes de origen industrial. El aire urbano, además de polvo del suelo en suspensión, presenta niveles elevados de óxidos de nitrógeno, óxidos de azufre, hidrocarburos y material particulado procedentes de las emisiones de los automóviles. Se sabe que la contaminación del aire reduce las cosechas urbanas, pero no se conocen bien las consecuencias de consumir alimentos cubiertos con estas sustancias.

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