La restauración de los arroyos urbanos

La reconstrucción de las vías fluviales en las ciudades, como las de Seattle, consigue que arroyos casi muertos vuelvan a estar llenos de vida.

El equipo dirigido por la bióloga Katherine Lynch (en primer plano) restauró el arroyo Thornton, en la ciudad de Seattle. [JELLE WAGENAAR]

En síntesis

En todo el mundo, las ciudades han alterado el curso de los ríos que las atravesaban y han destruido su zona hiporreica, la capa situada justo debajo del lecho fluvial.

Esta capa de sedimento húmedo, piedras pequeñas y organismos diminutos, ejerce funciones ecológicas esenciales, frena las avenidas y depura el agua de contaminantes. 

La restauración de la zona hiporreica podría convertirse en la mejor estrategia con la que mejorar la biodiversidad y reducir las inundaciones urbanas y la sequía, según se ha demostrado en un arroyo de Seattle.

El salmón es un alimento tan fundamental para los pueblos indígenas que viven a lo largo de la costa noroeste de Norteamérica que, durante generaciones, diversas naciones se llamaban a sí mismas «El pueblo del salmón». Pero cuando llegaron los colonos, su desarrollo agrícola y urbano devastó las poblaciones de este importante pez. Los nuevos habitantes eliminaron la vegetación que crecía en las orillas de los arroyos y que frenaba y absorbía las lluvias, lo que acabó provocando inundaciones. Enderezaron el trazado de algunos arroyos para favorecer la salida de las aguas de las inundaciones y blindaron los laterales para evitar la erosión, pero la aceleración de la corriente desgarró el lecho de las vías fluviales. Más adelante, los planificadores urbanos y los ingenieros canalizaron los arroyos en tuberías enterradas para poder construir más ciudad encima de ellos y, como consecuencia, las vías fluviales quedaron desconectadas del suelo, de las plantas y de los animales. El impacto acumulado de todas estas heridas provocó inundaciones repentinas, orillas inestables, una fuerte contaminación y una reducción cada vez mayor de la biodiversidad. El sagrado salmón desapareció casi por completo. 

Por todo el mundo, las ciudades han modificado a su antojo el curso de las vías fluviales que las atravesaban. Seattle era una de ellas hasta que, en 1999, el Departamento del Interior de los Estados Unidos incluyó al salmón real en su ley de especies amenazadas. Eso obligaba a la ciudad a tener en cuenta su protección cada vez que se aprobara un nuevo proyecto que pudiera afectar a su hábitat. Los ingenieros que intentaban mejorar la salud de los arroyos dañados de Seattle empezaron a reintroducir algunas curvas y a insertar rocas y troncos de árboles para crear un hábitat más natural. Pero, en líneas generales, el salmón no regresó. Las inundaciones continuaron siendo una amenaza porque la lluvia corría desde el duro paisaje urbano hacia los canales, en su mayoría inflexibles, que acababan desbordándose. 

En 2004, la bióloga Katherine Lynch asistía a otra nueva reunión sobre cómo resolver estos problemas (en esta ocasión estaba organizada por el departamento para el que trabajaba, los Servicios Públicos de Seattle) cuando tuvo una epifanía. Puede que los proyectos de restauración estuvieran fracasando porque estaban pasando por alto una característica poco conocida y dañada por la urbanización de la ciudad: el «intestino» del arroyo.

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    • Carlos García de Leániz

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