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Una epidemia de falsos positivos

La competencia y los conflictos de intereses distorsionan demasiados hallazgos médicos.

BEN GIBSON

Los falsos positivos y los resultados exagerados en los estudios científicos han alcanzado proporciones epidémicas en los últimos años. El problema es galopante en economía, ciencias sociales y ciencias naturales, pero resulta particularmente mayúsculo en biomedicina. Numerosos estudios que reivindican el beneficio de algún fármaco o tratamiento han resultado no ser ciertos. Solo hay que echar un vistazo a los hallazgos contradictorios sobre los betacarotenos, la vitamina E, las terapias hormonales, el analgésico Vioxx y el antidiabético Avandia. Incluso cuando los efectos se han demostrado, estos resultan ser más débiles de lo anunciado.

El problema comienza con el aumento de las expectativas del público. Como seres humanos, los científicos están tentados de mostrar que saben más de lo que saben. El número de investigadores (y el número de experimentos, observaciones y análisis que producen) también ha aumentado de forma exponencial en numerosos ámbitos, pero faltan las garantías adecuadas contra los sesgos. La investigación está fragmentada, la competencia es feroz y con frecuencia se hace hincapié en estudios individuales en lugar de analizar el panorama general.

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