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1 de Enero de 2015
Lingüística

La riqueza idiomática de los Andes

La comparación entre las lenguas actuales y algunos documentos españoles ha aportado nuevos datos sobre el desarrollo de las civilizaciones andinas.

Las terrazas agrícolas como la que muestra esta imagen de las ruinas de Pisac, en Perú, fueron consideradas durante largo tiempo un logro de los incas. Sin embargo, ya existían en tiempos de los huari. Es probable que este pueblo fuese el responsable de la primera expansión del quechua y, tal vez, también del aimara. [THINKSTOCK/TOSE]

En síntesis

Hoy, la familia lingüística dominante en la región de los Andes es el quechua, seguido del aimara. Existe asimismo una presencia aislada del uru; hasta comienzos del siglo XIX se hablaba también el puquina.

La lingüística histórica comparada intenta reconstruir la evolución de los idiomas y sus relaciones de parentesco. Hasta hace poco, ese análisis no se había aplicado al estudio de la América precolombina.

La comparación con los datos arqueológicos sugiere un espectro lingüístico muy heterogéneo entre las principales civilizaciones andinas. A menudo, esa diversidad parece remitir a la riqueza natural de la región.

No conocían el hierro ni la rueda. Tampoco los caballos, los animales de tiro, los mercados ni el dinero. Sin embargo, los incas conquistaron un reino que se extendió desde el actual Ecuador hasta lo que hoy es Argentina y cuyas regiones naturales incluían bosques, desiertos, mesetas y la gélida cordillera de los Andes. Su imperio supuso la culminación de una historia milenaria a lo largo de la cual surgieron y desaparecieron numerosas culturas, algunas de carácter regional y otras muy influyentes, como la chavín o la huari.

Diversas disciplinas han intentado reconstruir cómo se desarrollaron los acontecimientos. Los arqueólogos estudian el legado material de aquellos pueblos; los paleoclimatólogos analizan los sedimentos marinos y el hielo de los glaciares; los arqueobotánicos y arqueozoólogos investigan las plantas y los animales del pasado; los químicos intentan rastrear los movimientos migratorios a partir de la composición isotópica de los restos humanos; los biólogos moleculares comparan las antiguas secuencias genéticas con las de los habitantes actuales... Todo ello ha permitido identificar diversas culturas, asignarlas a diferentes fases de la historia andina y esclarecer sus influencias mutuas, sus conquistas y su dispersión por el continente.

Existe, sin embargo, una fuente de información cuya importancia ha sido subestimada hasta hace poco: la antiguas lenguas de América. Durante largo tiempo, los historiadores les han concedido un interés moderado. Se creía que, del mismo modo que el Imperio romano difundió el uso del latín, todas las variantes del quechua remitían a Cuzco, la capital inca. El aimara que hoy se habla en la región del lago Titicaca se consideraba originario de la antigua cultura de Tiahuanaco, anterior a la inca. El puquina, ya extinto, y el uru, limitado hoy a unos pocos hablantes, fueron prácticamente ignorados. Hace pocos años, sin embargo, los lingüistas comenzaron a convencer a arqueólogos y genetistas de la importancia de su disciplina para investigar la América precolombina.

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