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Alteraciones nocturnas

Crece el número de personas que sufren trastornos del sueño por recurrir de noche a la luz eléctrica.

© VLORZOR/FOTOLIA

Son muchas las causas de que no durmamos lo suficiente: lo temprano de la escuela o el trabajo, la duración de los desplazamientos o los alimentos y bebidas con cafeína. Pero a menudo pasa inadvertida la primordial, a saber, la luz eléctrica. Sin ella, casi nadie tomaría cafeína para mantenerse despierto por la noche. Y afecta a nuestros ritmos circadianos más poderosamente que ninguna droga.

Cronobiología
El ojo desempeña varias funciones (como el oído, que cumple dos, la audición y el equilibrio). Sus bastones y conos hacen posible la visión; sus células ganglionares retinianas intrínsecamente fotosensibles (CGRif), dotadas del fotopigmento melanopsina, son responsables de la respuesta de la pupila a la luz, de reponer fóticamente el reloj circadiano y de otras respuestas de «visión ciega» [véase «Ciegos con visión», por Beatrice De Gelder; Investigación y Ciencia, julio de 2010]. La luz artificial que incide en la retina entre la caída de la noche y el amanecer siguiente ejerce, por visión ciega, diferentes efectos fisiológicos. Inhibe las neuronas inductoras del sueño, activa en el hipotálamo las orexínicas, que promueven la vigilia, y suprime la liberación nocturna de melatonina, una hormona soporífera. Estos factores reducen la somnolencia, nos mantienen alerta y trastornan nuestro dormir.

Paradójicamente, el máximo diario de energía para la vigilia, regida desde el reloj circadiano central, ubicado en el núcleo supraquiasmático (NSQ) del hipotálamo, no se alcanza al comenzar la vigilia, sino cerca de su final; ello proporciona un «segundo aliento» que nos mantiene activos al avanzar el día. Es probable que antes del uso generalizado de la luz eléctrica, este segundo aliento se experimentase a media tarde y mantuviera activo al individuo hasta caer la noche. Pero la exposición a la luz tras la puesta de sol informa al NSQ que «es de día», reponiendo «en hora» el reloj circadiano, posponiendo el «segundo aliento» y retrasando el comienzo de la secreción de melatonina. En consecuencia, son muchos los que siguen a medianoche pendientes de mensajes electrónicos, estudiando, haciendo tareas domésticas o viendo la tele, sin apenas caer en la cuenta de que están a mitad de la noche solar. La tecnología nos ha desacoplado del día natural de 24 horas hacia el que evolucionó nuestro organismo, y ha hecho que nos acostemos más tarde. Y por la mañana, recurrimos a la cafeína para empezar el día tan tempranamente como siempre hicimos, a costa del sueño.

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