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1 de Enero de 1999
Astronomía

Meteoritos en hielos polares

Una cámara registró la bola de fuego que atravesó los cielos del Artico en diciembre de 1997, el misterioso meteorito de Groenlandia. Demasiado rápido quizá para tratarse de un objeto de nuestro sistema solar.
La asombrosa noticia nos llegó por teléfono, vía satélite, a las ocho de la tarde, recuerda el astrónomo Lars Lindberg Christensen. Acababa de cenar con los otros cuatro daneses y dos groenlandeses que participaban en la expedición, y ahora descansaba con ellos en la tienda de campaña, una tienda redonda, de las de cúpula, que los alojaba a todos. Mataban el tiempo, el tiempo que se les iba. Hacía siete días que la busca de los restos del meteorito de Kangilia estaba interrumpida, que al otro lado del teléfono unas voces hacían variaciones sobre un desquiciador mensaje: ''Seguid a la espera... El helicóptero no puede despegar de Kangerlussuaq por la niebla... Está muerto de risa en Paamiut... Tuvo que volver a Nuuk porque estaba encapotado .... Esperad sólo unas horas más...'' . Mientras tanto, el campamento, levantado sobre una nieve que no tendría que estar ya sobre el suelo helado a esas alturas del corto verano de Groenlandia, se iba volviendo un gélido fangal. Hacía tiempo que tenían que haberse trasladado a la cima rocosa y seca de un nunatak y proseguir la caza.

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