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Sobre un multiverso matrioska, medicina y evolución y pensamiento simbólico

UN MULTIVERSO MATRIOSKA
En «El agujero negro en el origen del tiempo» [Investigación y Ciencia, octubre de 2014], Niayesh Afshordi, Robert B. Mann y Razieh Pourhasan explican que nuestro universo tridimensional pudo haber surgido a partir de la formación de un agujero negro en otro universo mayor, de cuatro dimensiones espaciales. De ser así, ¿no deberíamos esperar que existiesen universos bidimensionales creados por los agujeros negros tridimensionales del nuestro, así como universos de una dimensión a partir de los anteriores? Y después, ¿qué?

R. W. Lowrie
Dade City, Florida

 

RESPONDE MANN: En principio, semejante «anidamiento» dimensional podría ocurrir. Sin embargo, no contamos con ningún indicio empírico que apunte a la existencia de tales universos.

 

¿SOMOS ESPECIALES?
El número monográfico sobre evolución humana [Investigación y Ciencia, noviembre de 2014], se articula en torno a una pregunta que parte de una premisa falsa: ¿qué nos hace especiales?

El ser humano moderno no representa más que una ramificación minúscula dentro de un arbusto inmenso. Su presencia sobre el planeta apenas se remonta a unos pocos cientos de miles de años; demasiado poco para concluir si la adquisición de un cerebro de gran tamaño constituye o no una estrategia exitosa para garantizar la supervivencia de la especie a largo plazo. Puestos a considerar especial alguna forma de vida, tal vez deberíamos elegir las bacterias, ya que estas aún poblarán el planeta cuando la especie humana no sea más que un remoto recuerdo.

Jeff Schweitzer
Spicewood, Texas

 

MEDICINA Y EVOLUCIÓN
Como señala John Hawks en «El futuro de la evolución humana» [Investigación y Ciencia, noviembre de 2014], el ser humano continúa evolucionando en la actualidad. Sin embargo, el autor no analiza las consecuencias derivadas de algunos de los factores de presión evolutiva que, durante el último siglo, han cambiado de manera drástica: la medicina y la salud pública. ¿No podría la medicina moderna provocar involuntariamente la supervivencia y la expansión de mutaciones genéticas que, de otro modo, habrían sido eliminadas?

Martin J. Greenwood
Stirling, Australia

 

RESPONDE HAWKS: Un instante de reflexión sobre la deriva genética y la frecuencia de las mutaciones permite concluir que no tenemos por qué temer que las generaciones futuras sufran de una mayor «debilidad genética» como consecuencia de la medicina moderna y los avances en otros frentes.

Si se relaja la selección sobre una mutación dañina, su frecuencia solo podrá cambiar por efecto de la deriva genética aleatoria. Y, solo bajo la influencia de esa deriva, la mayoría de las mutaciones poco comunes acabarán extinguiéndose. Puede que unas pocas aumenten su frecuencia, pero la deriva genética procede muy despacio en las poblaciones de gran tamaño. En el caso de la población humana, tendrían que pasar miles de generaciones antes de que una mutación excepcional se convirtiese en común.

Personalmente, no puedo sentirme más que maravillado al ver cómo, en la actualidad, numerosas personas viven felices gracias a nuestra capacidad para controlar trastornos genéticos antaño mortales. Si la medicina y la salud pública pueden garantizar que miles de generaciones futuras se encontrarán a salvo de trastornos semejantes, no veo motivos para preocuparse por la deriva genética.

 

CURIOSIDAD Y PENSAMIENTO SIMBÓLICO
En «A golpe de suerte» [Investigación y Ciencia, noviembre de 2014], Ian Tattersall destaca el pensamiento simbólico como uno de los rasgos únicos del ser humano y como uno de los que le habrían permitido adquirir su posición de dominio en el planeta.

Sin embargo, creo que la curiosidad también debería figurar entre las características que nos hacen únicos. De hecho, la capacidad para el pensamiento simbólico serviría de bien poco sin motivación, y esta bien podría haber surgido gracias a la curiosidad.

Leon M. Rosenson

 

RESPONDE TATTERSALL: Tal y como la entendemos hoy, la «curiosidad» humana se encuentra claramente incluida en nuestra capacidad para el pensamiento simbólico, ya que parte de la facultad para imaginar un mundo distinto del que nos revela la experiencia inmediata.

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