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1 de Abril de 2019
Geología marina

El regreso de la vida después de una erupción

En las aguas sulfhídricas próximas al volcán submarino de El Hierro ha surgido un peculiar ecosistema microbiano.

Entre las aguas teñidas por la erupción se distingue la posición del cráter del nuevo volcán Tagoro (mancha ovalada marrón). [INVOLCAN-GUARDIA CIVIL]

Una erupción volcánica es tan devastadora en el mar como en tierra. La que se desencadenó el 10 de octubre de 2011 al sur de la isla de El Hierro, a una profundidad de 363 metros, duró 147 días. En ese tiempo se formó un nuevo volcán submarino, el Tagoro, que fue creciendo a razón de casi 2 metros diarios, hasta alcanzar 274 metros de altura. La erupción provocó un aumento brusco de la temperatura y la turbidez de las aguas, un descenso de la concentración de oxígeno y la expulsión masiva de dióxido de carbono (CO2) y ácido sulfhídrico (H2S), acabando con todo signo de vida. La superficie del mar se tiñó de vivos colores debido a las partículas y los metales disueltos expulsados por el volcán.

En octubre de 2014, nuestro equipo visitó el Tagoro con un vehículo submarino teleoperado (ROV, de remotely operated vehicle). La sorpresa fue que el lecho marino cercano a la cima del volcán estaba cubierto por un tapiz blanco como la nieve. Superada la primera impresión, nos aprestamos a filmarlo y muestrearlo. Su aspecto en forma de pequeños filamentos meciéndose suavemente nos llevó a llamarlos «cabellos de Venus». El organismo más abundante que los componía era una bacteria sulfooxidante de un género y una especie nuevos. Fue bautizada como Thiolava veneris, del griego thio, referido al azufre como sustrato metabólico clave, del latín lava, referido al tipo de fondo donde se halló, y del latín veneris, que es el genitivo de Venus.

Visualmente muy llamativos, los cabellos de Venus están formados por filamentos pluricelulares de unos centímetros de longitud y de entre 3 y 6 micras de diámetro, envueltos en vainas de entre 30 y 90 micras de diámetro. Nuestro equipo recuperó también numerosos genes de otros organismos, tanto procariotas como eucariotas. Estos últimos eran muy diversos e incluían meiofauna (pequeños invertebrados de entre 30 y 1000 micras) y estadios larvales y juveniles de organismos bentónicos de mayor tamaño. Todo ello significa que las bacterias de los cabellos de Venus, alimentadas por el sulfhídrico que sigue escapando del volcán, son los productores primarios, en la base de la cadena trófica, de un ecosistema que está naciendo después de la devastación. ¡La vida vuelve a triunfar!

[El artículo completo (PDF) incluye un reportaje fotográfico de 2 páginas con imágenes de las formaciones filamentosas microbianas del volcán.]

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