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1 de Abril de 2019
Historia de la ciencia

La prehistoria de la tabla periódica

Más de 2000 años de ideas y teorías sobre la indivisibilidad y la naturaleza última de la materia.

Personificación de los principios del mercurio y el azufre, siglo XVI. [WELLCOME COLLECTION/CC BY 4.0]

Este año se celebra el Año Internacional de la Tabla Periódica. Dos milenios antes de que los científicos la concibieran, los filósofos de la antigüedad se preguntaban ya por la naturaleza de la materia. ¿Eran todas las sustancias reducibles a una única materia universal? De ser así, ¿cómo se distinguía una sustancia de otra? Desde la Grecia clásica hasta la Europa del Renacimiento, los sucesivos intentos por responder a estas preguntas generaron una profusión de conceptos coexistentes, desde elementos a principios, pasando por átomos o corpúsculos. Al intentar resolver un problema específico, cada uno de ellos creaba nuevas dificultades.

En el siglo IV a.C., Aristóteles trató el problema en su Física: ¿cuántas veces podemos dividir una pieza de oro hasta que deja de ser oro? Intuyó que la materia no puede subdividirse más allá de cierto nivel de simplicidad sin perder el carácter que la define. Este es el «mínimo natural», la partícula más pequeña de cualquier sustancia que podemos identificar como tal. Si fuera más pequeña, ya no tendría las características que hacen que el oro sea oro, por ejemplo.

Un razonamiento similar se halla en la base de la concepción moderna del átomo como unidad fundamental de los elementos químicos. Pero dichas analogías pueden ser equívocas. Aristóteles atacó la teoría de los «átomos» indivisibles de Demócrito por su imposibilidad matemática. Las sustancias no tenían una estructura atómica, sino que se componían de materia y forma. La forma imprimía la materia, que constaba, a su vez, de cuatro «elementos»: tierra, agua, fuego y aire.


Primeros principios
Aristóteles no fue el primer filósofo que trató de conceptualizar un sistema de elementos. Empédocles, filósofo presocrático, ya lo había intentado en el siglo V a.C. Sus elementos incluían un sustrato material subyacente al mundo de las formas, inaccesible a nuestros sentidos. Aunque elementales, eran divisibles y constaban de dos pares de cualidades contrarias: caliente/frío y húmedo/seco. Un elemento se transformaba en otro cuando se alteraban sus propiedades. Así, conforme el calor desplaza al frío, el agua (fría y húmeda) se transforma en aire (caliente y húmedo). En la cosmología aristotélica, esta capacidad de cambio, intrínseca a la física terrestre, explica la complejidad y diversidad de los elementos.

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