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La vida vegetal y el futuro de la humanidad

Historia de una singularidad evolutiva que cambió nuestro planeta para siempre.

MAKING EDEN
HOW PLANTS TRANSFORMED A BARREN PLANET
David Beerling
Oxford University Press, 2019
272 págs.

La botánica, fuente de terapia durante siglos, famosa scientia amabilis de antaño y considerada hoy cenicienta de la biología, apenas llega al público general, y si lo hace es siempre por noticias preocupantes, mal explicadas y relacionadas por lo común con la extinción de especies. Por ejemplo, se informa de que la vinca rosada (Catharanthus roseus), especie endémica de Madagascar, se halla en peligro de desaparecer, lo mismo que el 30 por ciento de todos los cactus del mundo. Pero en el primer caso se silencia que la planta condujo a tratamientos clave para la leucemia infantil, y en el segundo se omite que la tragedia se debe a coleccionistas sin escrúpulos. Cierto es que Madagascar, uno de los países emblemáticos de la biodiversidad, perdió entre 1950 y 2000 el 40 por ciento de sus bosques.

Making Eden es una guía inexcusable para comprender el mundo en que vivimos y el futuro que nos espera. David Beerling nos invita a imaginarnos la Tierra antes de convertirse en un planeta verde, como lo llamó Ramon Margalef en un libro clásico publicado por la editorial de esta revista. Cuando las plantas no habían colonizado aún la tierra firme, el planeta era un lugar desnudo con tonalidades amarillas, pardas y grises, azotado por un viento que erosionaba las rocas. ¿Cómo se produjo el tránsito de ese mundo inerte y desolador a una eclosión de praderas verdes y bosques feraces, muchos de los cuales cubren todavía algunas regiones privilegiadas de la Tierra?

Beerling, profesor de ciencias naturales y director del Centro Leverhulme para la Mitigación del Cambio Climático de la Universidad de Sheffield, explica con minucioso detalle cómo unas especies pioneras, pequeñas y sin formas foliares se asentaron a orillas de pozas o lagunas a partir de algas de agua dulce. Iniciaron, hace unos 500 millones de años, un camino que las llevaría hacia la adquisición de tallos leñosos y hojas, la creación de arbustos y el desarrollo de bosques y praderas. Ese salto al continente se hizo de una vez por todas: una singularidad evolutiva que cambió el mundo para siempre. En ese tránsito, los hongos simbiontes cumplieron una función transformadora. Las plantas no solo trocaron los colores de la Tierra, sino que alteraron también el clima y abrieron la puerta a la evolución de una amplia variedad de animales terrestres. Devinieron el sostén último de la biosfera y de todo lo que de ello se deriva. Sin plantas no existiríamos. Hoy, unos 7000 millones de personas dependemos de ellas para vivir y para conservar nuestra salud.

La aparición y espectacular diversificación de la vida vegetal en suelo firme reconfiguró el medio global y sentó las bases para todo lo que habría de seguir. Los continentes verdes de nuestros días son un legado evolutivo de acontecimientos originados en el alba de la vida. En vez de extraer energía de la química del agua del mar, como sus progenitores microbianos, las plantas aprovechan la energía solar que baña nuestro planeta. Dos tercios de esa radiación impacta en los océanos, donde promueve la fotosíntesis de las plantas marinas, en particular del fitoplancton. Con estas plantas microscópicas arranca la cadena trófica. El tercio restante irradia la superficie continental. Las hojas de bosques, praderas y cultivos captan esa energía solar para alimentar la fotosíntesis y sintetizar biomasa a partir de agua y dióxido de carbono.

Mediante la conversión de energía solar en energía química almacenada en los compuestos de carbono orgánicos, las plantas operan en la naturaleza como unos transductores de energía maravillosos. Los herbívoros comen plantas y los carnívoros se alimentan de herbívoros. Cada grupo de animales extrae beneficios a medida que convierte inexorablemente las plantas en tejido animal. Por último, hongos y bacterias, protagonistas de la desintegración, emplean un repertorio inagotable de estrategias metabólicas de degradación para recabar las últimas migajas de esa energía.

Los estomas constituyeron uno de los factores responsables del éxito de las plantas en el medio continental. Esas bocas sutiles aparecen en el registro fósil millones de años antes que las raíces y las hojas. Exquisitamente adaptados al medio, los estomas adornaron los delicados renuevos de las primeras plantas continentales. Posibilitaron que las plantas controlaran la pérdida de agua que se evaporaba de células y tejidos, mientras que el dióxido de carbono procedía en sentido inverso para promover la fotosíntesis. Su advenimiento señaló el comienzo de un modo nuevo y radical de vida vegetal basado en la explotación del agua y los nutrientes obtenidos del suelo, lo que posibilitó el acceso a lugares nunca antes alcanzados. A través de cientos de millones de años, las plantas se han apoyado en los estomas empaquetados en sus hojas para respirar.

A diferencia de las plantas, motores verdes que transforman en materia orgánica la energía que necesita la vida para su desarrollo en tierra firme, ningún otro grupo de organismos agrega energía a la cadena alimentaria. Antes bien, todos la extraen. Los animales no pueden utilizar el dióxido de carbono de la atmósfera ni transformar la energía solar en energía química. Obtienen energía mediante la combustión de carbohidratos, los cuales las plantas fabricaron a partir de azúcares sintetizados durante la fotosíntesis. Sin plantas los herbívoros morirían de hambre, y sin estos desaparecerían los carnívoros. Sin ellas la cadena trófica se desplomaría y no quedaría nada para sustentar la vida en la Tierra. Ni mamíferos, ni primates, ni nosotros.

Las observaciones por satélite revelan que la productividad fotosintética del fitoplancton en los océanos, que sirve de alimento a los peces, viene a ser igual a la de las plantas en tierra firme. Pero esa productividad se está restringiendo y confinando a un tercio de la superficie del planeta. A medida que nuestra actividad devastadora va recortando la biodiversidad vegetal, destruimos una riqueza que tardó millones de años en crearse. Con esa sobreexplotación corremos serio peligro de acabar con la existencia de la propia humanidad.

Por doquier, la biodiversidad vegetal está cayendo a velocidad alarmante y sin señales de freno. Plantas y animales vulnerables están desapareciendo de los inventarios de especies, una daga que amenaza al propio ser humano. Según previsiones de las Naciones Unidas, en la Tierra habrá más de 9000 millones de personas en 2050 y 12.000 millones en 2100. ¿Cómo conseguir alimento, agua y energía para tantos individuos? Todos los rincones, todos los medios, han sufrido y siguen sufriendo la presión de nuestra especie. Unos 5000 millones de hectáreas de la superficie continental se han convertido en suelo agrícola, se ha perdido el 30 por ciento de la selva amazónica y el 14 por ciento de las áreas silvestres en África. Al mismo tiempo, el 20 por ciento de las plantas vasculares de todo el mundo se encuentran en peligro de extinción. Por ahora, esa es la triste nota distintiva del nuevo tiempo en que nos encontramos, el Antropoceno, caracterizado por las profundas modificaciones que la humanidad ha ejercido en el planeta.¿Será este también el tiempo de implosión de la humanidad, de su big crash?

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