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Parasitismo de cría en las aves: más allá de la puesta

En los últimos años se ha demostrado que la «guerra» coevolutiva entre los parásitos de cría y sus hospedadores se extiende a todas las etapas del ciclo reproductivo. Esta interacción ha dado lugar a algunas de las adaptaciones biológicas más asombrosas.

Un pollo de cuco (Cuculus canorus) es alimentado por el carricero políglota (Acrocephalus palustris), una de sus especies hospedadoras en los bosques europeos. ¿Cómo consigue el cuco que el carricero se ocupe de él? [OLDRICH MIKULICA]

En síntesis

Algunas aves muestran una estrategia reproductiva peculiar denominada parasitismo de cría: ponen sus huevos en los nidos de otras aves, que se encargan de incubarlos y de criar a los polluelos que nacen.

La contienda que se establece entre el ave parásita y la hospedadora ha impulsado en ambas el desarrollo de una serie de adaptaciones y contradaptaciones, en una suerte de «guerra» coevolutiva.

En el pasado se pensaba que la coevolución entre parásito y hospedador se restringía a la etapa de huevo. En los últimos dos decenios se ha demostrado que, además de ser más compleja de lo que se suponía, tal interacción se extiende a todas las fases del ciclo reproductivo.

Posado en una rama, un pequeño carricero políglota (Acrocephalus palustris) se afana en sus labores parentales: intenta alimentar a un insaciable pollo de cuco común (Cuculus canorus), mucho más grande que él y que apenas se sostiene en el diminuto nido del carricero. Esta escena, habitual en los bosques y zonas palustres de Europa durante las últimas semanas de la primavera, ilustra el sorprendente comportamiento reproductivo de algunas aves, conocido como parasitismo de cría. En lugar de construir su propio nido, los parásitos de cría depositan los huevos en los nidos de otras especies, conocidas como hospedadoras, las cuales se ocuparán de incubar los huevos extraños y de cuidar de los pollos que nacerán de ellos.

Pero ese comportamiento no se limita a la puesta en un nido ajeno. En sus primeros días de vida, el pollo de cuco escala las paredes del nido con el huevo del hospedador a sus espaldas. Su única intención es expulsarlo del nido, una acción que repetirá tantas veces como huevos haya en el nido. Eliminando la competencia, el pollo parásito se asegura de que los cuidados de sus padres adoptivos se concentren solo en él.

¿Qué ventajas le proporciona al cuco esta inusual conducta? La explicación evolutiva al parasitismo de cría la ofreció por primera vez Darwin en El origen de las especies. Según esta, los progenitores parásitos evitan invertir tiempo y energía en la construcción del nido y la cría de los polluelos, lo que les permite dedicarse a buscar alimentos y a producir más descendencia.

Desde el punto de vista de los padres adoptivos, que se esfuerzan por cuidar un pollo con el que no están emparentados, el parasitismo supone unos enormes costos. Como consecuencia, la selección natural ha favorecido en ellos la aparición de conductas de defensa para evitarlo, lo que a su vez ha provocado que los parásitos se armen con asombrosas y refinadas estrategias para contrarrestar dichas defensas. De forma similar a las potencias mundiales durante la Guerra Fría, ambas partes de esta interacción se hallan inmersas en una escalada armamentística en la que rivalizan por desarrollar las estrategias más poderosas y eficaces, lo que proporciona algunos de los mejores ejemplos de coevolución (evolución recíproca entre especies que interaccionan) que se han descrito.

El comportamiento reproductivo de los parásitos de cría ha fascinado a los naturalistas durante siglos. Después de Darwin, han sido numerosos los investigadores que han abordado el estudio de las presiones selectivas que dirigen la interacción entre los parásitos de cría y sus hospedadores. Hoy sabemos que el parasitismo de cría ha evolucionado en siete ocasiones de forma independiente en las aves: tres veces en los cucos (familia Cuculidae), y una vez en los tordos americanos (familia Icteridae), en los pinzones parásitos (familia Viduidae), en los indicadores (familia Indicatoridae), y en una especie de la familia Anatidae, el pato rinconero (Heteronetta atricapilla).

A pesar de sus aparentes beneficios, el parasitismo no es muy frecuente entre las aves. En total, se conocen poco más de un centenar de especies parásitas de cría, lo que supone tan solo un 1 por ciento de las especies de aves existentes. Esta baja cifra se debe a que ser un parásito de cría no resulta nada sencillo. Por un lado, el parásito tiene que superar importantes desafíos evolutivos, como conseguir que sus pollos aprendan a reconocer a los individuos de su propia especie a pesar de haber sido criados por otra. Por otro lado, deben hacer frente a las eficaces estrategias defensivas que han desarrollado los hospedadores para deshacerse de él.

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