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Estructura, fuerza y almacenamiento

En la era Cámbrica, que empezó hace unos 540 millones de años, toda la vida residía en el océano. Casi todos los seres vivos debían de estar provistos de algún tipo de armadura, rematada con un casco espinoso.
iStockphoto/RALF STROHMEYER
En la era Cámbrica, que empezó hace unos 540 millones de años, toda la vida residía en el océano. Casi todos los seres vivos debían de estar provistos de algún tipo de armadura, rematada con un casco espinoso. Los antepasados de los insectos y crustáceos presentaban exoesqueletos completos, probablemente formados por una mezcla de proteína y quitina, como el caparazón de las langostas actuales. Moluscos y organismos semejantes a estrellas de mar fabricaban su exoesqueleto a partir del carbonato cálcico que extraían del agua del mar. Incluso una línea evolutiva de peces que se extinguieron, los ostracodermos, se las componían para nadar aun estando recubiertos de escamas y placas pesadas hechas de hueso verdadero (cartílago mineralizado rico en calcio y fosfatos).
No obstante, fueron los organismos blandos y apacibles de este período los primeros que desarrollaron huesos internos. Animales vermiformes, como los conodontos, empezaron por mineralizar el cartílago que envolvía su médula espinal primitiva y se convirtieron así en los primeros vertebrados. A continuación aparecieron las cubiertas craneales óseas; pronto siguieron el ejemplo otros seres con esqueletos cartilaginosos internos más extensos. Debido a que esos animales nadadores se servían de contracciones musculares para impulsarse, la sujeción de los músculos a hueso firme les debió de proporcionar mayor fuerza. El esqueleto endurecido también ofrecía un sostén más sólido a los cuerpos; les permitió crecer más y diversificarse, y desarrollar extremidades.
Su utilidad como almacén de minerales esenciales (en especial el calcio) de gran capacidad y reactividad, probablemente surgió más tarde en la evolución, pero en la actualidad es una de las funciones más importantes del esqueleto humano. Sin calcio, el corazón no latiría y las neuronas no transmitirían impulsos. Lejos de ser inerte, el hueso experimenta un flujo constante entre crecimiento y autodestrucción para satisfacer las necesidades corporales y mantener su estructura. Los osteoclastos (células "destructoras de hueso") descomponen el tejido óseo viejo o muerto; los osteoblastos ("formadoras de hueso") dan origen a nuevas células óseas. Con su actuación conjunta, esas células renuevan alrededor de un 10 por ciento del esqueleto cada año. A corto plazo, si las concentraciones de calcio en la sangre son demasiado bajas, los osteoclastos destruyen hueso para liberar el mineral. A la inversa, si el ejercicio físico produce un mayor desarrollo de los músculos, los osteoblastos se activan y construyen hueso nuevo que resista su tensión.

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