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La evolución no va marcha atrás

La evolución no es reversible. Cuando un carácter ha recorrido un determinado camino evolutivo, no puede volver sobre sus pasos aunque la presión evolutiva se invierta.
iStockphoto/RALF STROHMEYER
La evolución no es reversible. Cuando un carácter ha recorrido un determinado camino evolutivo, no puede volver sobre sus pasos aunque la presión evolutiva se invierta.
Hace mucho que se debate sobre el grado en que la evolución puede revertirse. Los intentos de estudiar la cuestión con caracteres complejos, como las aletas de las ballenas, han quedado en nada por diversas dificultades; no es la menor llegar a saber cuál fue el estado ancestral del carácter. El equipo de Joseph Thornton, de la Universidad de Oregón en Eugene, ha superado este obstáculo investigando una proteína, el receptor de los glucocorticoides, cuya historia evolutiva en los vertebrados habían establecido con anterioridad.
La proteína actual responde sólo al cortisol. Thornton había determinado ya que la forma ancestral, de hace 440 millones de años, de cuando se separaron los peces óseos de los cartilaginosos, reaccionaba también a la aldosterona. Perdió esta capacidad 40 millones de años después, en los antepasados de los artrópodos, tras la mutación de 37 aminoácidos.
Thornton ha descubierto que la exclusividad de la reacción al cortisol se debe a sólo dos de esas sustituciones. Pero, como explica en Nature, devolver el par de aminoácidos a la versión original no trae consigo el antiguo fenotipo: la proteína deja de funcionar. La causa se encuentra en otros cinco aminoácidos mutados, que vuelven inestable la proteína cuando recupera la vieja estructura. Para obtener una proteína capaz de realizar la función ancestral habría que devolver también esos cinco aminoácidos a su estado precedente, pero es muy difícil que ocurra en la naturaleza, ya que sus mutaciones no confieren de por sí ventajas selectivas.
Por tanto, si una presión selectiva favoreciese el reconocer, como antaño, ambas hormonas, el receptor quizá pudiese retomar la antigua función con un mecanismo nuevo, pero no recorrería hacia atrás su trayecto evolutivo. "Equivaldría molecularmente --explica Thornton-- a la convergencia evolutiva de los organismos, al retorno aparente a una vieja morfología, pero con una estructura interna muy distinta." Así ocurre, por ejemplo, con la semejanza exterior de las aletas de las ballenas y de los peces.

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