Más allá de la dactiloscopia

Los sistemas de seguridad basados en rasgos anatómicos y de conducta ofrecen la mejor defensa contra la suplantación de identidad.
Para navegar entre las complejidades de la vida cotidiana, dependemos de un manojo de tarjetas y contraseñas que respaldan nuestra identidad. Pero perdamos la tarjeta bancaria, y el cajero automático se negará a darnos dinero. Si olvidamos una contraseña, nuestro propio ordenador no nos obedecerá. Si dejamos que nuestras tarjetas o contraseñas caigan en malas manos, las supuestas medidas de seguridad pueden convertirse en una herramienta para el fraude o la suplantación de identidad. La biometría (reconocimiento automático de personas mediante rasgos distintivos anatómicos o de conducta) ofrece la posibilidad de superar muchas de esas dificultades.
En comparación con un testigo físico (tarjeta bancaria) o un dato secreto (PIN), los rasgos biométricos son muchísimo más difíciles de falsificar, copiar, repetir, extraviar o adivinar. De hecho, ofrecen el único procedimiento para determinar si a una persona le han sido expedidos documentos oficiales (permiso de conducir, pasaporte, etcétera) bajo nombres distintos. Sin embargo, son muy fáciles de emplear como pruebas de identidad. Por todo ello, los sistemas biométricos han ido ganando adeptos en los últimos años. Ordenadores portátiles y teléfonos celulares que reconocen huellas dactilares se encuentran ya en el mercado. En algunos países, se emplea la seguridad biométrica para proteger artículos como tarjetas bancarias y pasaportes, determinar si una persona está autorizada para entrar en un edificio o comprobar que un individuo tiene derecho a cobrar las prestaciones sociales. Aunque esos sistemas distan de ser perfectos, con la incorporación de sensores baratos y potentes microprocesadores las técnicas biométricas se irán haciendo cada vez más omnipresentes.

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