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1 de Mayo de 2019
Comportamiento animal

El ingenio de los cefalópodos

Sepias, calamares y pulpos combinan sistemas nerviosos relativamente simples con comportamientos complejos e intrigantes, un hecho único en el reino animal.

© Boban Vaiagich/iStockphoto/Getty Images

En síntesis

Los cefalópodos son invertebrados marinos con una inteligencia fascinante. Despliegan asombrosos cambios de coloración y textura de la piel, de forma y postura, y muestran una excelente capacidad para resolver problemas y para aprender.

A pesar de su complejo comportamiento y cognición, equiparables a los de muchos vertebrados, mantienen una organización sencilla del sistema nervioso, propia de los moluscos, una combinación que resulta única en la naturaleza.

Sus capacidades se deben al desarrollo de unos excelentes órganos de los sentidos y de un cerebro formidable, cuyo estudio ha abierto nuevas líneas de investigación en neurología y etología.

«Vivir rápido y morir jóvenes» se ha convertido en la descripción más popular de la vida de los cefalópodos, que no suele prolongarse más allá de los dos años. Aunque, teniendo en cuenta las variadas y complejas conductas de estos animales, quizá sería más apropiado decir: «Vivir rápido y morir jóvenes, pero ingeniosamente».

Estos peculiares moluscos de 500 millones de años de antigüedad comprenden los nautilos, las sepias, los sepiólidos o globitos (con diez brazos como las sepias, pero de menor tamaño, cuerpo globoso y dos aletas con forma de oreja), calamares y pulpos. En conjunto suman unas 800 especies vivientes. Todas son marinas, con representantes en todos los mares del mundo, del Ártico a la Antártida, de la zona intermareal a la mitad del océano y de las aguas superficiales a las grandes profundidades. Presentan formas y tamaños corporales y estilos de vida muy diversos. Van desde el calamar gigante, el invertebrado marino más grande del mundo [véase «Ecofisiología del calamar gigante», por Ángel Guerra y Ángel F. González; Investigación y Ciencia, mayo de 2010], hasta especies de menos de dos centímetros de longitud. Incluso se han adaptado a ambientes muy hostiles, como Vulcanoctopus hydrotermalis, que vive cerca de las fumarolas hidrotermales.

Si bien la biología y la ecología de numerosas especies de cefalópodos se conocen bastante bien desde hace tiempo, el fascinante ingenio de estos invertebrados marinos esconde todavía muchas incógnitas. Los resultados obtenidos en las investigaciones, principalmente con pulpos y sepias, demuestran que algunas especies despliegan asombrosas formas de inteligencia, equiparables a las de muchos vertebrados con cerebros bien desarrollados, aunque mantengan una organización del sistema nervioso más sencilla, propia de animales sin vértebras. Esta combinación de sistema nervioso simple y comportamiento complejo es única en la naturaleza.

Destaca la habilidad de estos animales para manipular objetos; reconocer formas, colores y texturas; escapar de trampas; mimetizarse con otros animales u objetos para defenderse de los depredadores, cazar o aparearse; aprender y memorizar con rapidez a pesar de la brevedad de su vida; relacionarse con sus cuidadores en los acuarios, y quizás hasta divertirse jugando. Todo ello lo consiguen gracias al desarrollo de unos excelentes órganos de los sentidos y de un voluminoso cerebro.

Los hallazgos más recientes están cambiando nuestra concepción de lo que significa ser inteligente y están abriendo las puertas a nuevas líneas de investigación en neurología. Los elegantes experimentos de numerosos colegas y mis experiencias personales, algunos de los cuales describo a continuación, aportan numerosos ejemplos del ingenio de estos animales.

Advertir las señales del entorno
Los cefalópodos poseen una gran variedad de órganos de los sentidos que les permiten detectar los diversos estímulos externos. Los más conspicuos son los ojos. Su estructura es análoga a la de los vertebrados, aunque, en lugar de presentar una retina con conos y bastoncillos, cuentan con unas membranas especializadas de células fotosensibles de forma tubular, denominadas rabdómeros, que suelen tener un solo tipo de pigmento, la rodopsina. En la cabeza y el manto (la parte dorsal del cuerpo que recubre las vísceras), presentan, además, vesículas fotosensibles que captan la luz solar, una información que aprovechan para crear un efecto de contrailuminación, como se verá más adelante.

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